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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Fiera suelta

Peeeeeeeeeep. Es eterno. Amarillo. El semáforo está en amarillo-rojo. Cinco segundos. Todo el mundo puede romperse en ese tiempo.
Otra vez se tira la roja. Lo ha hecho muchas veces hoy. Son casi las seis, hora pico, va a oscurecer, Hay prisa. Aunque siempre va al mismo lugar. Es veloz. Rudo. El macho del pavimento. El rey de esta jauría a medio asfaltar. Que los carros se abran para dejarlo pasar. Que las motos dejen de zigzaguear que esto no es una carrera de obstáculos quién les ha dicho, aquí los carriles son nada más para uno o para sus similares. Que las bicicletas, ¡por favor!, no se les ocurra salir de las cunetas, mejor que suban a los andenes y allí que tropiecen como carros chocones a los que caminan en dos patas. Y a esos carretones de caballos, ¿quién les ha dicho que pueden andar con semejante paciencia delante de ellos? Esto es una ciudad (¿así?) Que se aparten también y que se ubiquen. En esta calle repleta de cráteres, por la que no circula ningún alto funcionario de la Alcaldía porque si no ya estaría rellena como el cutis de la primera dama, sólo hay espacio para este bus amarillo que alguna escuela gringa descartó, pero al que dejaron de contarle los años en las calles de esta ciudad desorientada como un charco de orines. Los que van sentados en ese vientre de lata se sobresaltan. Alguno, a nombre del colectivo aterrorizado, gritará: “animaaal, queremos llegar”, pero ese grito lo ahogará el peeeeeeeeeeeeeepp que nunca acaba. Es mejor aferrarse al tubo como la lora de la vecina que se cruzar por el alambre del tendedero. Al final del pitazo puede haber lo que nadie quiere, pero ocurre a toda hora: otro accidente, cuerpos torcidos como los de un contorsionista, sangre, vísceras regadas, huesos pelados, ojos blancos, alaridos. Dolor y cámaras que se pueden evitar. La verdad es que voy a pie y el peeeeeeep me aturde, me enerva, creo que si encuentro algún conocido seguro que lo pateo en lugar de pelarle el diente. Solo me acuerdo de la vez que iba en un Robur, en una mini-ruta hace buen rato porque ya ni circulan, y un pitazo con su frenazo incluido, me dejó sobre una barriga de ocho meses. La futura mamá no tuvo fuerzas ni para putearme. Un coro unánime le gritamos de todo al conductor. Oyó varios pronósticos sobre su muerte y la de sus parientes, pero le valió. No pasó nada. No pasa nada al final de ese peeeeeeeeep. Ni al final de este otro ahora. Por 2 córdobas con 50 centavos los rumiantes, el ganado mal comido, que es como nos tratan los buseros, dejamos que la fiera vuelva a rugir y salte en la próxima amarilla.

P.D: Este no es el país de la alegría estadística así que tengo licencia para mi rabia, creo

sábado, 22 de agosto de 2009

revolución doméstica

Al fin. El invento doméstico más revolucionario del siglo 20 entró a
mi casa. Ese que le dio tiempo a las amas de casas gringas para que
se pintaran las uñas mientras seguían por la radio, cual si fuera un
radio drama, los episodios más crueles de la segunda guerra mundial.
El mismo aparato entró hace poco al lugar donde vivo en Managua.
Llevaba días, semanas, meses tal vez, diciéndole a ella, a mi mama
(así sin acento), la mujer que los fines de semana se pega a lavar -
como si fuera un hobby, y restriega la ropa sucia del hijo (porque no
es de hombres lavar) y la hija menor y la de ella, y la del resto si
nadie se lo impide- que con el financiamiento de todos, compráramos una
lavadora para ahorrarse la molida de la espalda. Con sueldos de maestros, y
cuatro hijos, nunca antes hubo en la casa dinero para aspirar a ese
electrodoméstico. Ahora que los hijos trabajan se echó la vaca y se
invirtió pues en el cajón blanco y metálico, sin gracia, que en una
hora promete depurar los trapos. Lo veo, y pienso que tal vez por su
forma tan elemental y simple su llegada a mi casa no causó el revuelo
que provocó en el hijo de la maestra rural de Tonalá, la llegada de
uno de los primeros televisores a ese caserío que ahora es municipio.
Hasta los siete años tal vez, el chavalo nunca había visto una caja
con una pantalla dentro de la cual hubiera gente -que nadie conocía en
el pueblo- hablando, cantando. ¿Cómo hacían para estar todos ahí
encerrados? El y otros chavalos no se aguantaron. Se levantaron y se
asomaron a ver dónde estaba la gente que se miraba en blanco y
negro. Con disimulo travesearon el cajón por detrás, en el
que no había más que un laberinto de tubos y botones. Les sorprendió comprobar que
no había gente encerrada. Con los días, o con los años cuando se
enviciaron con el aparato y se volvió común en las casas, entendieron que ese era el milagro de la televisión: frente a esa caja idiota, como le dicen algunos, sólo
había que sentarse y mirar. Más nada.
Ahora, dada su apariencia, no importa mucho descubrir cómo es que este
cajón blanco en una hora va a enjabonar, moler, restregar, enjuagar y
secar la ropa que mi mama se lleva el día entero en lavar y el sol en secar.
Basta con dejar caer el motete de ropa, echar detergente y apretar el
botón. Como la he visto poco convencida de usarla, y hasta ha
advertido que la usará en ocasiones, para ciertas ropas nada más,
porque desconfía de la calidad del lavado de la máquina, de todas formas, me atrevo a preguntarle qué piensa hacer ahora que le va a sobrar
tiempo. Como si la pregunta le estorbara, me responde a secas que hará
otros oficios. Que en la casa siempre hay cosas qué hacer. Y es verdad. Ya veo que
para ella -no sé si es porque llegó a destiempo- aquí no habrá ninguna
revolución.

(Publicada originalmente en Contravía)

domingo, 21 de junio de 2009

Hormigas caseras

Oigo que caminan de madrugada. Siento que se mueven a la hora en que la luz amarilla de la calle, esa artificial que quiere parecerse a la luna llena, todavía es la única que se cuela por las persianas del cuarto donde estoy. Un timbrazo basta para que la mayor de ellas salte de la cama. Con los años, más de sesenta, su sueño se ha vuelto tan ligero como los pies del ladrón que se tira desde un bus en marcha en cualquier calle de Managua. A veces me parece que no duerme, que sólo se acuesta, cierra los ojos y cuenta los minutos hasta que le dan las cuatro y media de la madrugada. Dice que se ha levantado a esa hora toda su vida. Que cogió la costumbre a los siete años, cuando trabajaba en las haciendas de algodón de Chinandega, en las mismas donde ahora se siembra otro monocultivo: maní. En aquella tierra hirviente aprendió a bañarse todavía de noche. Se mete al baño y desde allí empieza a llamar a las otras hormigas. Unas veces dóciles, otras con refunfuños de por medio, atienden, con obediencia al fin, su convocatoria. No parece, pero tienen mucho que hacer a esa hora: desde preparar el desayuno hasta ir a caminar a la rotonda de La Virgen por espacio de una hora. Pueden ser 10 ó 15 vueltas, alrededor del bulto religioso, eso dependerá de la extensión de los chismes que le suelten los otros caminantes. Mientras, al interior, las otras hormigas plancha algún trapo de última hora, o lavan otro para aprovechar el sol infernal que a través de rayitos tímidos empieza a calentar desde las seis de la mañana. Aprovechan, y revisan planes de clases, tareas, adelantan almuerzo y si es posible hasta cena. O simplemente limpian el piso, con la intención de ahorrarse un oficio vespertino, que al final, volverán a repetir, porque no resisten caminar por el pis polvoso. Por la tarde, la sala, las habitaciones, son los espacios domésticos desde los que trabajan para la vida pública que cada una ha construido: dos son maestras, otra preside la junta de vigilancia de la colonia donde viven; hay otra que es estudiante y otra que se desempeña en la empresa que cada día cobra más cara la electricidad. En la noche caminan más que en la madrugada. Con pasos más firmes. Con un ritmo incesante. Como verdaderas obreras, su trajín se extiende los siete días continuos. La que no va a la universidad el sábado o domingo, se queda en el interior vaciando y llenando roperos, pasando trapos por muñecos de vidrios de risas congeladas, cocinando, dejando y trayendo recibos, arreglando, planchando, lavando...No sé cómo lo hacen. Tampoco sé por qué lo hacen, por qué corren todo el día, porque no paran a ninguna hora. A veces siento vergüenza de actuar como una babosa, lenta, pesada, que sólo las ve pasar a su alrededor. A veces me da rabia porque no comprendo tanto afán. Pero la mayoría de las veces callada las miro. Las siento. Las dejo que se suban, que me caminen y que la rutina interminable se repita cada madrugada debajo de esa falsa luz de luna.

jueves, 4 de junio de 2009

El fantasma de Pedro Navaja

Me roban. Me patean. En cualquier segundo me ensartan un puñal con nervios y allí quedo. Eso sí, como soy inútilmente valiente, antes que el filo me rompa la carne, forcejeo. Jalo, aprieto lo que llevo con estos dedos que sudan de miedo. Y pensar que para estos mi botín es este puto celular. Quiero aclararles, que ni mío es, pero se van a reír. Otras veces, no ando ni eso. Ni un peso. ¿Porque qué más puedo cargar yo que ando a pie? Yo, que espero poder llamar antes y avisar que me están reventando la vida y que no voy a poder a llegar sana y salva como quisiera. Qué lógica más idiota, si antes de que pueda avisar me habrán arrancado todo con lágrimas y sudor. Muchas veces ha ocurrido a la vista de otros, pero nadie, o casi nadie, se arriesga por mí. Sí ocurre en el bus, miran hacia la ventana mientras aprietan los dientes con impotencia. Y piensa que por qué fue tan pendeja y se quedó al lado de ellos, que son una banda y el chofer es su cómplice. Si ocurre en la calle, la salida es más fácil: cruzarse y agradecer, con una mirada hacia arriba, porque no les tocó. Respiran con alivio. “Cada uno es dueño de su miedo”. Ja, se me viene la gran frase para entender por qué nadie salió en mi defensa, y porque son testigos los cobardes. Quien la manda a tentar la necesidad. Cuántas veces he dicho esto, cuántas veces lo he pensado. Ya son más que dedos de mis manos los que han derramado su jugo rojo en la acera. Tinta roja que se secó como laca cuando le pegó el sol. Tinta roja que al final podría ser de perro, gato, rata, o de cualquier otro animal urbano. Tal vez esa tinta roja se chorreó cuando pasaban por ahí los policías motorizados. Esos que van como caballos cocheros abriendo vía para que pase el Mercedes Benz del hijo del presidente o la Nissan Patrol del diputado que va ligero donde la querida del momento. Son tan profesionales que su sirena no dejó oír mi grito partido de miedo, y las luces intermitentes no dejaron distinguir que ese cuerpo a cuerpo en realidad no era el de una pareja amasándose en la vía pública, sino la exhibición en varios cuadros de un asalto. Claro como no lo denuncio, porque no quiero volver a vivir ese miedo, no existo. Eso nunca ocurrió. Ah, es cierto, esta es la ciudad más segura de Centroamérica. Pero yo vivo en esta y no en las otras. Es en esta donde me arrebatan y me estrujan. De todas formas, le voy a pasar el dato al próximo Pedro Navaja -sin diente de oro- que me salga, a lo mejor me perdona.

sábado, 23 de mayo de 2009

Lluvia negra

En el aguacero de anoche hasta las estrellas se licuaron. El cielo se reventó al fin antes que los pechos de calor. Después del vendaval, la bóveda se cubrió de una niebla espesa como la que sucede a los incendios. Casi nada se miraba en Managua, una ciudad de por sí en penumbra, aunque el cobro del alumbrado público es fijo en la factura de Unión Fenosa. Las calles durmieron con las vísceras por fuera: adoquines, palos arrancados de raíz, cables en el suelo, sobras domésticas esparcidas en plena raya amarilla. La corriente fue intensa. Pero no fue suficiente para barrer esa ingente cantidad de basura que con verdadero esmero producimos los ciudadanos. Ese revuelto de intimidades que hiede a mierda, y del que nos deshacemos todos los días, pero que sin vergüenza ponemos a reposar en los cauces, a que se avinagre con el sol, esperando que la lluvia lo borre. Anoche esa promesa no se cumplió. El aguacero dejó expuestas, una vez más, nuestras miserias. Por más tiendas On the run de comida chatarra y centros comerciales calcados de Miami, sólo somos un final de pueblo, un comienzo de ciudad. Unas cuantas gotas de esa lluvia negra se filtraron en esta pantalla.

miércoles, 13 de mayo de 2009

En el vecindario

Es el primero que se levanta. Cuando el sol se entibia y el resplandor del nuevo día se divisa en el horizonte, el maestro jubilado, Carlos Morales, abre la puerta de su casa. A esa hora, ningún otro vecino de la cuadra de la letra "A" , en la colonia Maestro Gabriel, ha puesto sus pies en el andén. Pero después que "el tícher" -así le dicen- sale a su caminata de madrugada, la vida empieza a fluir. A eso de las cinco, comienza el desfile de estudiantes. Unos esperan el bus escolar en la esquina de la oficina de Enitel, sobre un callejón estrecho en el que no hay casas al frente, sólo la tapia de la oficina de Enitel. Ahí los buses se parquean sobre una curva. Pero la mayoría, una media docena, espera su bus en la esquina opuesta, la del comedor Angelita, donde ahora funcionan tres negocios de repuestos de carros. El callejón que lleva a ese punto, es el más transitado por los vecinos de la letra "A". Sobre esos 100 metros, queda la pulpería de doña Marta, donde se compran dos productos reyes para ese vecindario: la leche y la coca-cola. Doña Marta, la propietaria de la venta, que también es conocida por pinchar nalgas, es parte del comité de vecinos que se está organizando para contrarrestar la delincuencia que lleva años azotando a la cuadra. Desde su venta, ella ha visto pasar a raudas bicicletas huyendo con el botín. Lo último fue un cadena de oro laminado que arrancaron del cuello a una mujer que viste de medias y trabaja en una oficina. Desde esta quincena, los vecinos de las 14 casas de la "A", una cuadra en la que no hay espacio para los árboles, esperan recoger dinero para contratar a dos vigilantes.
Al tícher le asignaron la tarea de recoger el dinero.
Estos días, por las tardes, cuando el sol ha rebajado y los estudiantes ya están en short jugando en la calle, él ha salido a cumplir su tarea. "Sólo en una casa no quieren dar", le informa al comité reunido en la casa de la doctora Cintya. Todos coinciden en que no importa que uno no de, tal vez cambie de opinión cuando el ticher le cuente que a Walter, el vecino de enfrente, le dieron una zurra en la boca del callejón en la madrugada del domingo, el único día que el ticher no sale a la calle.
O tal vez ese que está "duro" pague cuando vea que la cosa funciona, que los vigilantes de verdad vigilan, y que cuando todos se ponen de acuerdo, sin CPC que agite, o iglesia que someta, se puede respirar algo de tranquilidad. No importa, desde hace algunas semanas, que "el tícher" se siente más seguro caminando entre timbres de vigilantes.
La calle de los lamentos

No tengo un muro de los lamentos, sino una calle. Es larga y angosta. Se podría decir que no hay árboles en ella, sino fuera por uno que otro laurel de la india que a la mitad de sus costados derraman sombra sobre el pavimento, en el que a toda máquina se deslizan taxis, vacíos y desesperados, al acecho de clientes, y buses de una sólo ruta: la 101, que pone sobre la Carretera Norte a decenas de obreras que van en fila india como hormigas a las maquilas de la Zona Franca.
La calle de los lamentos la componen un par de lugares que ya no existen.
Arranca en los semáforos de El Colonial. Así se llamaba el cine que quedaba a unos 50 metros al norte de los semáforos, que en su última época, a mediados de los noventa, exhibía en su cartelera títulos como “Garganta profunda”, el clásico porno de los setenta que llegó a Nicaragua una década después, como todo, o “Duro por delante y flojo por detrás”, un título llamativo que se inventó el programador del cine, que seguramente hacía las veces de taquillero y de proyectorista.
Donde era El Colonial ahora hay un portón rojo por el que, casi siempre, chorrea agua en el andén. Al lado está un restaurante: El Pilín, el último de una sucesión larga de nombres que no dicen nada para un antro que sólo sirve de aperitivo a las putas que al final del día y de la calle se plantan con su ropa escasa y colorida al frente de donde abría sus puertas la ferretería, Reynaldo Hernández. Se les halla más hacia al norte. Más allá de las escuelas técnicas de computación y de inglés, del bufete de abogados, del motel, del que remienda los zapatos, de los tres comedores. Al tope.
La “Reynaldo Hernández”, es otro negocio que físicamente ya desapareció, pero está tan vivo como el edificio donde fue La Pepsi, el Ceibo de San Judas o El arbolito, lugares y cosas algunos que se extinguieron y arrancaron, antes o después del terremoto de 1972 que sepultó a 10,000 almas. Son los puntos de referencia, que sirven para ubicarse, para asirse en esta ciudad sin centro, sin nombres, en la que todas las direcciones van a parar siempre al lago, por el lago Xolotlán que por el norte bordea a Managua.
Por eso nadie recuerda que, donde quedaba la Reynaldo Hernández, ahora hay una librería, que no vende libros y que con su fachada ostentosa de colores pasteles ha empujado a las putas del sector a la espalda del edificio. Pero ese es un detalle que sólo saben los que compran sus servicios, o los que acostumbran a pasar por la calle de los lamentos, una calle con un nombre que sólo existe en la memoria de dos periodistas que, a veces, al salir de su periódico avanzan al sur por ella, y aprovechan la caminata para compartir los pesares del oficio. Por eso, uno de ellos la bautizó como "la calle de los lamentos".