domingo, 28 de febrero de 2010

Ensayo de carnaval



Esta fiesta brasileña, lamás famosa del mundo, está a las puertas. Los tambores suenan en los primeros días de enero.Aquí nadie siente la lluvia que ha caído al final de la tarde y que ha vaciado las calles en la zona este de Sao Paulo, una de las zonas más empobrecidas de la mole industrial.
Aquí nadie siente el calor que hace y que se disimula con el agua en botellas, las cervezas y el guaraná, el refresco que aquí, en Brasil, debe ser más popular que la Coca-Cola. Aquí a nadie le estorba el ruido.
Al contrario. En este lugar, el escándalo es el combustible para aflojar los pies, reír gratuitamente y bailar. Una pandilla de tambores enredada con panderos y unas guitarritas de cuatro cuerdas que andan algo retiradas y se dejan escuchar por un amplificador de sonidos, son lo único que se siente en este auditorio donde ensaya para el carnaval de febrero la Escuela de Nené, en el barrio Vila Matilde
Aquí, en este abrebocas de carnaval, lo que se siente es el samba.
Los panderos, agitados por incontables manos, parecen bocas que sonríen a las muecas de las tres mujeres espigadas, las garotas que con aires de reinas ocupan el centro de este galerón techado y tan grande como una cancha de baloncesto.
En este ensayo, los tambores y las panderetas son como el aire necesario para respirar. Cada movimiento y toda, pero toda la alegría que se exhala en este auditorio donde están juntos y revueltos viejos con bastón, niñas con trenzas de colores en las cabezas, mujeres recién paridas, muchachas con trapos mínimos y ceñidos, travestís, abuelas de pelo rojo, hombres en shorts y chinelas ostentando sus barrigas, depende del ritmo que expelen esos tambores que cargan una escuadra de morenos fornidos.
No cabe duda, los tambores de los ancestros africanos son la cuerda del alma del “samba enredo” que aquí se practica.
No hay tregua. La percusión de la samba está en una catarsis sucesiva. Los palos se descargan uno tras otro en la panza del bombo. Las piernas de las tres mujeres se mueven rápidas como tijeras que cortan el viento.Las caderas se menean graciosas haciendo juego con las manos. Cuatro niños con panderos en las manos se acercan a una de ellas y atizan su baile.
La más alta de todas, la que baila encima de unas sandalias que en realidad son unos zancos blancos, les corresponde con una sonrisa que se regenera a cada segundo. Viste de short y camisa sin mangas blancas.Su pelo largo y negro, amarrado en una cola le cae hasta la cintura. La otra, una morena de una mini blanca y blusa azul con un escote profundo, aprovecha y se acerca al bloque de los que tocan y les baila.
La tercera garota es rubia teñida. Alza sus manos, saluda a la gente —deben haber unas mil personas— sin dejar de mover sus piernas torneadas. Cualquiera de ellas debe haber aprendido a bailar samba antes de caminar. O las dos cosas al mismo tiempo, porque el samba parece de cierta manera un modo de caminar.
Aunque en ciudades como Río de Janeiro y Sao Paulo, samba “enredo”, que quiere decir historia o cuento, se baila a cualquier hora y en cualquier bar de esquina mientras se conversa con amigos, no es cualquier día que ensaya una escuela de samba.
Las garotas son el gran atractivo de esta fiesta que empieza antes de Semana Santa y que convoca a millones de personas en las principales ciudades del coloso del sur.
Se escogen los últimos días de diciembre, previo a las fiestas de Navidad y fin de año, y todo enero, luego de la fiesta de reyes, arrancan en serio las prácticas de las escuelas.
Éste es el primer ensayo del año en la Escuela de Nené, llamada así en honor a un anciano que casi al final de la jornada aparecerá en el galerón y será aclamado con el fervor de un santo patrono.
Ahora un bloque de mujeres sesentonas, casi todas con el pelo pintado, se atraviesan a las tres mujeronas. Son las bailantes del ala bahiana, uno de los elementos de una escuela de samba.
No son ajenas al corrientazo de electricidad que transmiten los tambores. Las señoras, con apariencia de amas de casa, sonríen, mueven los hombros y las cabezas con suavidad de un lado a otro. Algunas llevan vestidos blancos.Ninguna baila igual a otra. Cada una es dueña de su propia cadencia. Detrás de las abuelas con canas pintadas va un bloque de muchachos que baila en ropa deportiva.
Les dicen la comisión de frente. Si no fueran porque van cumpliendo una coreografía, uno pensaría que son basquetbolistas que están en calistenia para la final de una serie que comenzará en breve. Pero no, son bailantes. Delante de ellos un hombre recio alza las manos y los muchachos cambian de paso como si fueran un bloque de palillonas.
La mayoría de los asistentes que pagaron cinco reales (casi tres dólares) para ver este ensayo se amontona detrás de unas barandas metálicas. Uno de los organizadores explica que se hace así para que los grupos (ala bahiana, comisión de frente, porta banderas, entre otros) tengan espacio para sus coreografías. Pero a medida que el ensayo avanza, la barrera se burla. Una vez que el ensayo se ha visto lo suficiente, los que están al otro lado se cruzan y se integran al ensayo, que al final acaba en una sola fiesta.
La Escuela de Nené es una de las más tradicionales de Sao Paulo. Se fundó en 1949 en una zona deprimida de la ciudad, Vila Matilde, y al poco tiempo ya estaba brillando en los sambódromos —estadios de samba— de Sao Paulo, y acabando con el monopolio de la tradicional Escuela Lavapié (www.nenedevilamatilde.com). En los años sesenta, la Escuela de Nené ganó al menos seis campeonatos en la ciudad, y en su historial figuran más de 10 campeonatos.
En la entrada está la venta de bebidas y de trajes alegóricos. Por 200 reales (alrededor de 120 dólares) los organizadores dicen que cualquiera puede hacerse de uno de estos trajes, diseñados exclusivamente para desfilar en este carnaval 2010.
En el otro extremo está la tarima que permanece tomada por el grupo oficial de la escuela. Son los que llevan la voz cantante. Estas escuelas han aportado grandes voces a la música brasileña como la de Cartola, autor de varios temas que se oyeron en la famosa película “Ciudad de Dios”, y Marisa Montes, una de las voces femeninas más exquisitas de este país suramericano quien ha grabado con la cubana Omara Portuondo.
Pero en este encierro, las voces de los cantantes son opacadas por el estruendo de los tambores que se imponen a los coros que hablan del agua como esencia de vida. Es parte de la tradición también que cada año se escoja un tema, alrededor del cual se canta, se confeccionan los trajes y se adornan las carrozas alegóricas. A veces los temas tienen un sabor a denuncia. En 1988, cuando se celebró el centenario de la abolición de la esclavitud en Brasil, la mayoría de las escuelas rindió homenaje al acontecimiento. La Escuela de Nené, previendo el vuelco de las escuelas hacia la efeméride, escogieron hablar del abandono en la zona este de Sao Paulo.
El clímax del ensayo es la presencia del anciano Nené. Camina apoyado en un andarivel. Es un hombre antiguo, que tapa la blancura de su cabeza con un sombrerito que estuvo de moda en los cuarenta. Sonríe sin fingir. Su paso es lento como el de un buey cansado, en este caso Nené es un rey cansado que bregó mucho para que esa escuela se catapultara como una de las mejores en los años sesenta. Lo siguen hombres corpulentos que visten las camisetas celestes y rotuladas de la escuela. El mismo Nené va todo de celeste.
La escuadra de tambores del centro se parte en dos y abre camino al rey Nené. Hay aplausos que no se oyen, emoción expresada en lágrimas, ruido, risas. Siempre risas. La alegría es en realidad la intransmisible para estar ahí. Una mujer se enjuga el rostro cuando lo ve pasar. No puede creer que lo está viviendo. “Nené es una leyenda viviente”, comenta uno que sólo atina a pelar los dientes por el gran momento y a capturar fotos por su celular.
Los tambores que acaban con el silencio inmóvil no paran. Acuerpan cada gesto de Nené. Cualquiera que no haya visto nunca antes a este hombre llega a componerse. Este año todos esperan un resurgir de la escuela, que atravesó dificultades económicas a comienzos de los noventa.
Después de varios minutos, Nené llega al pie de la tarima. Le pasan un micrófono. De pie da palabras de aliento a los alumnos de la escuela que samban día a día. El abuelo augura que este año la escuela volverá a vestirse de gloria. Sus palabras son de ánimo. Los llama a dar lo mejor en este carnaval que termina el Miércoles de Cenizas.
Le pasan una silla y sentado Nené ahora sí es un rey, coronado por un águila de luces azules.
Los niños le tocan la mano con devoción. Las mujeres le besan las mejillas y lloran. Los hombres lo abrazan y siguen guardando fotos en el celular. Lo suben a la tarima y ahí se repiten las gracias para Nené. La más morena de las garotas que había estado bailando frente a la escuadra le hace una pequeña demostración de su destreza con el samba para Nené. El abuelo sonríe.
Su aparición no acaba con la fiesta, sino al contrario. Es cuando la barrera absurda entre público y ensayistas se pierde por completo. La gente se mezcla de una manera sabrosa y particular como ese jugo de aguacate, leche y azúcar que sólo puede beberse en Brasil, como este carnaval que acaba de empezar.

(Publicado en el suplemento Domingo de La Prensa 24-01-2010)

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