jueves, 24 de diciembre de 2009

martes, 22 de diciembre de 2009

Viaje a Bilwi por tierra parte I

25 horas, dos buses, unas cuantas imágenes que mostrar





domingo, 8 de noviembre de 2009

revolución en Solentiname



Hace 42 años, un cura barbudo y desgarbado que usaba boina y cotona y
escribía poesías llegó a Solentiname, un poblado de agricultores muy
pobres situado al fondo del lago Cocibolca, a fundar una comunidad
contemplativa. La llegada del sacerdote sin sotana produjo una
revolución cultural en el olvidado archipiélago. Décadas más tarde, el
caserío es célebre dentro y fuera del país por sus livianas artesanías
y por la pintura primitivista


A media mañana, cuando el agua plateada del lago Cocibolca es un
espejo que ciega y el calor un virus que infecta la piel como un pica
pica que no se cura ni a la sombra del árbol más frondoso, Lidia
Castillo, 37 años, se refugia con el mismo encanto que lo haría una
niña en su casa de muñecas, en el taller de artesanía que ha montado
en el extremo derecho de su casa en Mancarrón, la más grande y la más
poblada de las 38 islas de Solentiname, en el departamento de Río San
Juan.

El taller de Lidia parece una juguetería de peces, tortugas y
mariposas. Colgando del techo se ven las figuritas de animales marinos
organizados en móviles. Los mece a su antojo el aire que se cuela por
la malla que hace las veces de ventana. También hay ristras de peces
de colores verdes, rosados, rojos y amarillos, adentro y encima de la
vitrina que Lidia ha colocado en el taller para exhibir y vender el
fruto de ese trabajo que empezó hoy a eso de las diez, luego que vino
de bañarse en la playa, adonde van a asearse la mayoría de los poco
más de mil pobladores del paradisíaco archipiélago, que se descubre al
final del Cocibolca, casi al voltear para el río San Juan.

En esta jornada, trabajan con ella los demás miembros de su familia:
su esposo y dos hijos. El marido y el hijo menor están en el patio,
cortando y tallando la madera, mientras Lidia se dedica a pintar y
dibujar, junto a la mayor, Daniela, 14 años, quien también decora y
dibuja con esmero un paisaje, en realidad una reproducción diminuta de
Solentiname, sobre la concha de una pequeña tortuga de balsa.
Están sentadas una al lado de la otra en una de las 22 casas que hay
en El Refugio, el pueblito de Solentiname que se construyó en los años
ochenta con financiamiento italiano y que conserva el nombre del
primer asentamiento humano que hubo allí.

Lidia, que se pone gafas para dibujar, vigila los delicados trazos de
Daniela, quien parece un clon de su madre con 20 años menos: morena,
bajita, bastante más delgada, y con un pelo negro crespo rebelde que
se agarra en una moña firme encima de la nuca. "Ella quiere dedicarse
a esto también. Yo la dejo y la apoyo, sólo la voy corrigiendo", dice
Lidia con una sonrisa de orgullo.

Lidia es una de los más de 20 artesanos de balsa de Mancarrón, que en
estos días, junto a los artesanos de San Fernando, la isla vecina,
fabrican artesanía para una expoventa que tendrán en un centro
comercial de Managua.
Desde hace más de 15 años Lidia se dedica a este oficio que aprendió
de sus padres, hermanos y vecinos que trabajan en lo mismo en los
corredores y en los patios de sus casas.
Y desde hace cuatro décadas, gracias a la llegada providencial de un
cura barbudo que llegó buscando soledad a este archipiélago, los
campesinos de esas 38 islas empezaron a usar los machetes para algo
más que para arrancar los matorrales de la tierra.

El árbol de balso, una madera que crecía en todos los rincones de las
islas y en cualquier vereda del río San Juan, que es suave y tan
maleable para el machete como lo es la plastilina para los dedos se
transformó en la materia prima de las figuras que materializaron la
imaginación de los primeros artesanos de Solentiname.
Este salto de agricultores a artesanos de balsa al que Lidia
pertenece, ocurrió a finales de los años sesenta, y se reveló en el
archipiélago al mismo tiempo que el otro gran bastión cultural: la
pintura primitivista.

El primer pintor de Solentiname que se recuerda fue Eduardo Arana, un
campesino de la isla que en 1968, cuando el mundo se convulsionaba en
otras latitudes, se detenía a contemplar por las tardes, durante horas
y a veces a escondidas, los trazos que daba al lienzo el hoy célebre
pintor Roger Pérez de la Rocha. Con 18 años, Pérez, era entonces sólo
un proyecto de pintor que había desembarcado en Mancarrón con las
muñecas vendadas por haberse cortado los pulsos en Managua, a causa de
una profunda crisis existencial, dice él.
El pintor que durante su estancia en las islas se pegaría un tiro en
una pierna derecha, sin graves consecuencias, llegó a Solentiname de
la mano del cura y poeta Ernesto Cardenal, quien accedió a la
petición de su amigo, el escultor y director de la escuela de Bellas
Artes, Rodrigo Peñalba, quien se preocupó por el joven talento.
Cardenal, que sería el descubridor del arte entre aquellos campesinos,
había atracado en Mancarrón apenas dos años antes.
Después de atravesar un maltrecho muelle de piedras y de abrirse paso
entre la tupida maleza, el cura trapense se estableció en una hamaca
en Solentiname con el firme propósito de fundar una comunidad
contemplativa, a la que se integraran hombres célibes dispuestos a
soportar la soledad y la pobreza. Estaba lejos de imaginar que su
búsqueda de soledad se vería inundada por la precariedad y la alegría
de una comunidad abandonada.

Lo único vivo que hay ahora en la casa solitaria de Ernesto Cardenal
de Mancarrón son dos huevos de escorpión que están arrullados debajo
de la almohada encima de la cama del poeta, y que descubre con cierto
asombro María Guevara, 58 años, una de las líderes del clan de los
Guevara- Silva, los hermanos de Solentiname de reconocida trayectoria
sandinista que pusieron un mártir en la etapa de la insurrección,
Donald Guevara, y al único diputado sandinista que ha habido en el
departamento, Alejandro Guevara, fallecido en un accidente en 1993.
La casa de Cardenal en la isla parece hecha para un asceta, alguien
sin distracciones que vive dedicado a la meditación. Su mobiliario es
elemental. La cama es de níspero, la misma madera con que está
construida la casa entera y el resto de los muebles. Al lado del lecho
hay una mesa de noche en la que no asoma ni una veladora, y a los pies
un modesto librero, armado con tablas y ladrillos, en el que reposan
media docena de libros, entre los títulos está un diccionario
enciclopédico de Grijalbo con prefacio de Jorge Luis Borges, un Nuevo
Testamento de salmos y proverbios y el poemario Cazadora de sueños de
Zulema Moret, y tres más en inglés.

Frente a la cama se ve el escritorio rectangular y amplio como el de
un cartógrafo, con un cenicero de piedra de San Juan de Limay y
dos lámparas dirigidas, seguramente para iluminar las lecturas que
tendrá Cardenal por las noches en Solentiname, adonde llega a veces
como un fantasma que se vuelve de carne y hueso cuando platica con los
muchachos de El Refugio interesados en la poesía. Se reúnen en la
iglesia, donde ya no se celebran misas, pues no hacen falta, hoy la
mayoría de la gente se ha hecho evangélica en Solentiname. Los
talleres con el poeta, los organiza la Asociación para el Desarrollo
de Solentiname, APDS, la ONG que creó en los ochenta y que sirvió
para canalizar la ayuda que llegó en esos años, y que hoy administra
unos cuantos bienes: la biblioteca, el museo, la iglesia, el hotel
Mancarrón – desde hace unos años epicentro de una disputa que salpica
al poeta-, las tres cabañas para huéspedes, las siete escuelas
primarias y la secundaria, que funciona en la escuela de Mancarrón, y
que están distribuidas por las islas más habitadas del archipiélago.
María Guevara o Mariíta, como le dicen de cariño los que se le
acercan, dice que cuando el poeta llega, pasa mucho tiempo en el
corredor de la casa, leyendo, pero también contemplando el paisaje del
lago que asoma con sus flecos plateados por los dos extremos de esa
nariz de tierra que es la punta de Mancarrón que compró hace más de 40
años, y que simplemente es fascinante. Tanto como la majestuosa ceiba
de imponente sombra que se descubre al lado izquierdo de la casa, y
que, definitivamente, le resta protagonismo a las flores de jalacate y
las avispas sembradas alrededor en las que revolotean unos colibríes
verdes y azulados.
"El viene aquí para estar en paz", dice como una sentencia Mariíta,
la amiga del poeta.
Seguramente en la búsqueda de paz pensó Ernesto Cardenal la primera
vez que oyó hablar de Solentiname.
En el libro Las Insulas Extrañas, el segundo tomo de sus memorias,
Cardenal escribe que su hermano "Popo" le describió unas islas muy
bellas, habitadas, con buen clima y tierras fecundas. "Inmediatamente
sentí que allí tenía que ser, y nadie me sacó de eso", escribe
Cardenal en sus memorias y confiesa que inicialmente había pensado en
fundar su comunidad en el río San Juan, un lugar que amaba.
"Solentiname estaba fuera de las rutas del progreso, y fuera de las
rutas del transporte, y fuera de la historia, y hubiera estado fuera
de la geografía si esto hubiera sido posible", reflexiona Cardenal.
Otro episodio que Cardenal refiere y que refleja el olvido del
Solentiname, es que por esa época, los años sesenta, había un concurso
en un programa de radio que daba un premio por responder la siguiente
adivinanza: "...diga usted ¿dónde queda el archipiélago de
Solentiname?".
Cardenal se instaló en Mancarrón, luego de comprarle la finca Pueblo
Viejo (poco más de 90 manzanas) a Julio Centeno, el padre del actual
Fiscal del país que se llama igual.
No muy contento al principio, porque había un zancudero que no dejaba
dormir y gente bastante cerca, el poeta y sus dos acompañantes,
agradecieron luego el haber ido a parar a una isla con vecinos
alrededor.
De esos primeros años en Solentiname, Cardenal recuerda que la vida
era muy dura para la población. San Carlos, hasta donde la gente iba
para abastecerse de productos esenciales como jabón y azúcar, quedaba
a casi un día de viaje en los botes de remo que inmortalizaron los
primeros primitivistas. Hoy en una lancha rápida con un motor fuera de
borda está a media hora, aunque el transporte público sigue siendo
lento y escaso.


William Agudelo, uno de los dos acompañantes colombianos que arrimaron
con Cardenal a Solentiname en esa época --el otro fue Carlos Alberto
Restrepo que luego se fue por razones de salud-- recuerda que al
principio el cura, que les impuso como uniforme de la comunidad la
cotona, el blue jeans y las botas de hule, trataba de vivir apartado.
Con la comunidad se mezclaba durante la misa en la iglesia derruida
que encontraron al llegar y que ellos remozaron con los consejos de un
primo de Cardenal, el arquitecto Eduardo Chamorro Coronel. La gente
viajaba en sus botes de remo desde las islas vecinas, para escuchar al
cura que usaba boina, después de la eucaristía, y que no los regañaba
como lo hacía el padre Chacón, que venía de Chontales con su Biblia y
se iba con las manos cargadas de gallinas.
Agudelo, de 66 años, que era un escritor en ciernes que había trabado
amistad con Cardenal en el seminario de La Ceja en Colombia, recuerda
que en esos primeros años en Solentiname, casi todos los proyectos
agrícolas que intentaron sacar adelante, y en los que involucraron a
los muchachos del archipiélago, fracasaron.
En buena medida, durante esos primeros años, sobrevivieron con el
dinero que Cardenal obtenía mediante préstamos en los bancos y
gracias al apoyo de amigos como los empresarios Mántica y de parientes
como Pedro Joaquín Chamorro, director de La Prensa. En ese grupo de
amigos, que eran más bien cómplices de su empresa, también estaba el
poeta Pablo Antonio Cuadra, quien se encargaba de la Prensa
Literaria, desde cuyas páginas ayudó a tejer el mito de Solentiname.
En la primera etapa de su estancia, fue clave para Cardenal la
entrañable amistad que tenía con el poeta José Coronel Urtecho, quien
vivía muy cerca de allí con su esposa María Kautz, en la finca de Las
Brisas, situada en una vertiente cercana al río San Juan.
A pesar de su carácter huraño, Cardenal no pudo evitar los mimos en la
cocina de doña Adelita, la esposa de don Rafael Arana, una mujer que
le había pedido a Dios el milagro de mandar un cura a ese archipiélago
en el que ninguna autoridad reparaba, pues no había escuela, ni centro
de salud, mucho menos una iglesia con cura.
En pago por la súplica escuchada, doña Adelita se ofreció a ser la
cocinera del sacerdote. Cardenal sólo la aceptó a cambio de un sueldo.
Tampoco pudo evitar emplear como jornaleros a los muchachos de la
comunidad que querían trabajar con él porque pagaba más que en las
fincas vecinas. Así es como fueron llegando Alejandro Guevara, Elbis
(así lo escribía él) Chavarría, Felipe Peña y Laureano Mairena, todos
fallecidos ya en distintas circunstancias y con estatura de héroes.
Y por más que no le gustara, y que la soledad fuera el fin original de
su viaje a ese sitio inhóspito que estaba lleno de pájaros y culebras,
Cardenal, tampoco pudo evitar que el archipiélago se invadiera de una
fauna humana de todos los tamaños y pelambres, que comenzó a llegar
para conocer la comunidad del poeta que había traducido a Whitman.
Uno de los primeros que desfiló fue el poeta newyorkino, Donald
Gardner: Les cayó como un espanto cuando estaban en plena en
meditación durante la noche, recuerda Agudelo.
Más tarde, llegó el grandulón de Julio Cortázar, quien según Agudelo,
se aficionó a los mojitos cubanos de Solentiname, los que nunca antes
había probado en Cuba a pesar de sus múltiples viajes, los vino a
descubrir en ese paraíso remoto de Nicaragua.

Cardenal, que acogió el pensamiento de Thomas Merton, su amigo y guía
espiritual que alguna vez le dijo que la mejor regla era que no había
reglas, se fue impregnando de la vida y las necesidades que tenían los
habitantes del archipiélago al punto que craneó soluciones para
sacarlos de esa pobreza sempiterna.
Primero le dieron pincel y el lienzo a Eduardo Arana, quien como una
fotografía surrealista hizo el primer cuadro primitivista de
Solentiname, y luego, descubrieron los guacales labrados de don
Rafael, el marido de doña Adelita, que recogía animales y escenas de
ese paisaje que tenía alrededor. A través de Eufredito Argüello, que
hacía figuras con la madera de balso, hallaron la materia prima
perfecta para la cantera de artesanos.
La teología de la liberación, que entre sus principios postula la
defensa de los pobres y rechaza el capitalismo, aterrizó en
Solentiname en un momento en que la dictadura arreciaba su represión
en el país.
Poco a poco, y con la guía de Cardenal, los solentinameños empezaron a
comentar los evangelios.
En el capítulo nueve de Lucas, la Biblia dice: "Entonces, Juan le
dijo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera
espíritus malos y se lo prohibimos, porque no anda con nosotros. Pero
Jesús le dijo: No se lo prohíban, porque el que no está contra
nosotros está con nosotros".
Y Laureano Mairena --uno de los que luego cayó en combate-- escucha
ese evangelio durante la misa y comenta: "Yo creo que en realidad era
un discípulo de Jesús que andaba por allí desperdigado, y los otros
discípulos no sabían que él también era discípulo, pero Jesús sí lo
sabía. Y porque era discípulo de Jesús es que hacía milagros".
Antes que él, intervienen Marcelino, Elbis, Felipe, Wiliam, Alejo y la
mamá de Alejo.
Agudelo recuerda como una de las experiencias más bellas de esa época
los comentarios del evangelio de Solentiname, recogidos en tres
gruesos tomos.
Los evangelios, la pintura, la artesanía desembocaron en el Club
Juvenil, una organización de jóvenes que hacía fiestas en las que los
tragos eran medidos y que se amenizaban con las guitarras de Elbis y
de Alejandro, que les enseñó a tocar William Agudelo.
El gigante palo de mango que se alza a la entrada principal de la
iglesia fue testigo de aquellos bacanales sanos e irrepetibles, que
según Mariíta, no volverán a ocurrir nunca más.
De esa pacotilla de muchachos alegres, que rechazaban las tropelías
del somocismo, salieron los 11 que aquel 13 de octubre de 1977
atacaron el cuartel de la Guardia Nacional en San Carlos. Ese día
acabó el tiempo de gracia, ese especie de encanto en el que había
vivido Solentiname entre 1966 y 1997.

El primer promontorio verde y tupido que se divisa viniendo de San
Carlos, es La Venada. Parece la última, pero quizás es la primera de
las 20 islas pobladas que tiene Solentiname. Entre sus charrales
verdes saltan pájaros amarillos y celestes y algunos chocoyos que
huyen en bandadas que dibujan puntas de flecha en la bóveda celeste.
Bajo ramaje que cae sobre el agua como los flecos de un niño sobre la
cara se esconden los monos congos cuyos gritos furiosos, señal de
protesta por la invasión humana, sólo se escuchan cuando cesa el ruido
monótono de los motores de los botes cesa sobre las aguas plomizas del
lago. Encima de algunos troncos y ramas gruesas se solazan un par de
iguanas, que la gente de la zona llama lapos.
De lejos, no son muy visibles el muelle ni las casas de colores
olorosas de La Venada. Ya en el atracadero se ve la pequeña cuesta que
lleva hasta la primera casa, la del pintor Rodolfo Obando, 69 años, el
patrono de una cepa de pintores que surgió en los años del evangelio y
que se multiplica hasta hoy.
Don Rodolfo fue uno de los primeros pintores naif de Solentiname. El
día que descubrió que su trazo era firme se alegró y pensó que dejaría
de sembrar maíz y frijoles, aunque nunca dejó esa actividad del todo.
Hasta hace poco, este hombre alto y enjuto, seguía pintando, pero el
azúcar (diabetes) ha provocado estragos en su salud y en su visión.
"Espero recuperarme pronto para volver a pintar", dice don Rodolfo,
quien ha perpetuado la belleza del archipiélago en casi todos los
ángulos posibles y en todos sus detalles.
Igual lo han hecho su esposa, que en este momento está en la playa, y
cuatro de sus ocho hijos que heredaron de ellos el gusto por el
pincel.
Los cuadros de Obando y sus hijas Silvia, Clarisa, Marina y Yorlene se
venden ahí mismo, también en el casa taller de San Fernando, la isla
vecina, donde los artesanos y pintores construyeron un espacio para
exhibir y vender su arte. Con suerte, algunos de esos paisajes se ven
enrollados en las mochilas de los turistas. Sólo el año pasado,
llegaron al archipiélago 700. La mayoría de ellos provenientes de
Europa (Italia, España, Alemania, Francia), algunos de Costa Rica, el
vecino país y los menos nacionales.
Otros cuadros se venden en algunas galerías de Managua y Granada,
aunque los pintores confiesan que en la actualidad los lazos con estas
vitrinas de arte no están muy fortalecidos. Son más estrechos los
convenios que ahora tienen los artesanos para exportar y vender sus
piezas. Por ejemplo, los artesanos afiliados en la UPAS (Unión de
Pintores y Artesanos de Solentiname) tienen ahora un contrato con un
organismo holandés que les compra 2,000 piezas al mes. Muchos, por su
cuenta, se arreglan directamente con casas de artesanía de la capital
como Mamá Delfina o la galería Códice. "Tenemos que mejorar esa
parte", reconoce Silvia Obando, que por estos días está empezando una
obra.
En la familia de don Rodolfo la pintura es una cantera ilimitada.
Además de sus hijas tiene una camada de nietos que también pinta.
Julio Obando, 21 años, y Heisell Madrigal, hacen parte de la nueva
generación.
Heisell que coge el pincel por las tardes y pinta frente a un paisaje
que es una pintura en sí mismo que cambian de tonalidades conforme va
cayendo la tarde, dice que se diferencia de su madre, y aún más de su
abuelo, en los colores fuertes y en los detalles. Podrán ser
distintos, pero los cuadros de don Rodolfo y de Heisell tienen un
rasgo en común que cambió para siempre desde 1966, cuando Cardenal
desembarcó en medio de una nube de zancudos de Mancarrón: ya nadie
podrá olvidar dónde es que queda Solentiname.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Cada uno es un fruto madurando su muerte


Acabo de descubrir la poesía de Idea Vilariño, uruguaya, les comparto algo suyo, con esta imagen de Río Escondido



MEDIODÍA

Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,
el mar ensimismado,
el mar, a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
Ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.

Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.

EL MAR

Tan arduamente el mar,
tan arduamente,
el lento mar inmenso,
tan largamente en sí, cansadamente,
el hondo mar eterno.

Lento mar, hondo mar,
profundo mar inmenso...

Tan lenta y honda y largamente y tanto
insistente y cansado ser cayendo
como un llanto, sin fin,
pesadamente,
tenazmente muriendo...

Va creciendo sereno desde el fondo,
sabiamente creciendo,
lentamente, hondamente, largamente,
pausadamente,
mar,
arduo, cansado mar,
Padre de mi silencio.

ESO

Mi cansancio
mi angustia
mi alegría
mi pavor
mi humildad
mis noches todas
mi nostalgia del año
mil novecientos treinta
mi sentido común
mi rebeldía.

Mi desdén
mi crueldad y mi congoja
mi abandono
mi llanto
mi agonía
mi herencia irrenunciable y dolorosa
mi sufrimiento
en fin
mi pobre vida.

martes, 3 de noviembre de 2009

El rama, una lengua que respira


Después de casi dos siglos de destierro son pocos los que hablan ese idioma, pero hay un esfuerzo por revitalizarlo.

El sol se pone arriba muy temprano en Rama Cay. A las siete de la mañana, el zinc de los techos de los ranchos calienta como una sartén puesta en el fuego. A esa hora, el maestro Walter Ortiz está en las aulas de la escuela Clemente Belli impartiendo clases de rama a los niños de los primeros grados, como si ése fuera el mejor momento del día para que la nueva generación de ramas entendiera y hablara un idioma que hace casi dos siglos fue desterrado de allí como un apestado.

Ortiz es un hombre de 69 años, de piel apergaminada. Su cabeza la cubren unas largas hebras blancas que peina hacia atrás y que le dan ese aire místico que él ratifica con su hablar suave, casi como un susurro, y con la gesticulación plástica de sus fibrosos brazos que están rematados por unas manos amplias, unos dedos largos y unas uñas filosas, con las que parece que en cualquier momento dará un salto. Su mirada es honda, nostálgica.

Dicen que la lengua rama es el idioma de los tigres. Y Ortiz, uno de los pocos que la hablan dentro de la isla, parece que puede comunicarse con ellos.

“Malika tamaski”, dice Ortiz, y eso significa “buenos días” en rama.

Ortiz lleva debajo del brazo un fólder con láminas en las que hay figuras de animales y cosas y a la par su escritura en rama. Un sol que se escribe y se pronuncia “nunik”, una luna que se escribe “tukan”, tigre “krubu, manatí “palpa”, mar “tauli”, laguna “lakun”, perro “tausun”, zanate “sinsak”.

Los niños repiten las palabras que Ortiz dice al tiempo que apunta con el dedo la figura que corresponde a la palabra. Los niños lo siguen como lo hace un coro con la partitura que tiene enfrente y con los gestos del director de orquesta. La repetición es a veces mecánica.

Los niños ramas que aprenden a caminar y a nadar casi a la vez, no aprenden rama en sus casas. Sus primeros balbuceos los hacen en “kriol” (creole), la lengua que los ramas adoptaron en el siglo XIX, cuando pastores moravos de origen alemán llegaron a evangelizarlos.

Los moravos impusieron al pueblo rama el idioma que prevalecía en la región. Con el protectorado británico los negros creoles habían asimilado el inglés con sus propios matices, y ésa era la lengua que más se hablaba.

Bluefields era el centro urbano más importante, y sigue siéndolo en la RAAS (Región Autónoma del Atlántico Sur), y en creole se hacían todas las transacciones verbales. Más tarde se harían en castellano.

No sólo el idioma impusieron los moravos a los ramas. La historia refiere que antes de la evangelización morava, las mujeres tenían una participación activa dentro de la cultura rama, que había un reparto bastante equitativo de los roles, que se trastocó tras la lectura de la Biblia morava.

Fueron unos cuantos los que resistieron y conservaron su lengua original. Otros revolvieron palabras de las dos lenguas (rama y creole) y terminaron hablando una mixtura, que todavía se practica. Otros adoptaron el creole completamente tal como querían los moravos, como el idioma de uso.

Muchos de los que siguieron hablándolo, lo hicieron porque vivían lejos, en las profundidades de las montañas o a la orilla de ríos sinuosos por donde no navegaron los moravos con sus himnarios creoles. Y hasta hoy, a la mayoría de los que lo conservan —a lo mucho medio centenar— les sigue valiendo la distancia para conservar la lengua de los tigres.

Ortiz dice que a él le enseñó el rama su mamá. “Ella hablaba puro rama, no entendía ni español ni inglés”, dice orgulloso el profesor que se hincha aún más al recordar que fue criado con esa lengua que enseña desde hace 17 años. Sin embargo, ahora en su casa, ninguno de sus cinco hijos ni su mujer lo hablan. Ha sido herrero con cuchillo de palo.

Buenas tardes se dice en rama “malika tabula”, según Ortiz.

Después de los moravos, fue el gobierno de José Santos Zelaya quien incorporó el territorio de la Moskitia en 1894, y quien mantuvo el destierro del rama. En el departamento de Zelaya, como se designó ese extenso territorio que hoy comprende las dos regiones autónomas del Caribe nicaragüense conocidas como RAAN y RAAS, el gobernante instauró el castellano como idioma oficial.

Un cronista alemán que rodó por el Caribe a comienzos del siglo XX y que pasó por Rama Cay, advirtió en esa época que la lengua rama estaba a punto de extinguirse y que apenas unos cuantos, contados con los dedos de las manos, lo hablaban.

A partir de allí, la probable extinción de esa lengua y la cantidad minúscula de hablantes subrayadas en crónicas muy esporádicas se convirtieron en “un mito”, considera la lingüista francesa Colette Grinevald, una de las personas que más ha trabajado por la revitalización de ese idioma.

La fragilidad del idioma no ha sido un problema exclusivo del pueblo rama. Más bien ha sido una constante en el Caribe, y es una problemática constante para muchos otros pueblos indígenas del mundo. La lengua garífuna, vecina de la rama, hoy corre un riesgo similar. El informe de Desarrollo Humano de la Costa Caribe del 2005 reconoce que la “pérdida de las lenguas es el resultado de la construcción del Estado nacional monoétnico” que en el afán de imponer un sistema político, económico y social ha pasado por encima de la idiosincrasia de estos pueblos.

Según este informe, peor fue la suerte de la lengua ulwa que se hablaba en Karawala todavía a mitad del siglo XX, pero que sucumbió al miskito en los años del boom maderero, cuando la compañía estadounidense Nolan transformó a esta comunidad en su centro de actividades y trajo a empleados miskitos y creoles. Siete años de explotación maderera en la zona de Karawala fueron suficientes para que en adelante se oyera el miskito y se olvidara el ulwa.

Lo que no es mito es el uso sostenido del creole y el castellano en la región.

Si no hablara cualquiera de esos idiomas, Ariel Omier, un rama de 25 años, no podría estudiar Ingeniería Ambiental en la Uraccan (Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense).

Tampoco Silvano Hodgson, de 30 años, se hubiera graduado como Biólogo de la universidad. Y Jimmy McCrea no entendería los códigos de Derecho que lo mandan a leer los docentes de la Facultad de Derecho de la BICU (Bluefields Indian and Caribbean University).

Pero los dos, tanto Omier como McCrea quieren saber rama. El primero dice que él sabe frases básicas como “tengo hambre”, que intenta pronunciar, pero se ríe, no está muy seguro de estar diciéndolo como es realmente.

Pese al reconocimiento de las lenguas de todos estos pueblos en la Constitución Política y a la Ley de Autonomía de la Costa Caribe, aún no se imparten clases en rama en ninguna de las dos universidades que existen en la RAAS. El creole y el miskito son los idiomas que más se oyen después del castellano.

En mayo de este año, en la fila de nuevos profesionales de la Uraccan iban tres de origen rama. Martina y Hortensia Thomas se graduaron de Sociología, y otro de Educación Intercultural. Algunos ramas van a la universidad fuera de la región. Es el caso del hermano menor de Jimmy McCrea quien estudia Medicina en León, y que según McCrea, quiere volver como médico a Rama Cay.

Ahora, casi dos siglos después de que empezaran a desaprender su lengua, los ramas hacen un esfuerzo callado por volver a ella, por recuperarla.

Un día de mayo, en el auditorio de la Uraccan en Bluefields se dan cita un grupo de indígenas ramas. El calor que mantiene húmedos los cuerpos no se siente en el salón fresco. Hay representantes de las nueve comunidades. Están líderes como Alicia McCrea quien viene desde el caserío que está más al sur del territorio, en la esquina de San Juan de Nicaragua (Graytown).

Los ramas allí viven en el propio caserío de Graytown, en los ranchos más humildes, pero también en otro caserío que se descubre en la ribera del río Indio Maíz. Son los guardianes de la reserva, como los mayangnas en Bosawas.

Entre los asistentes al foro, en el que toman la palabra varias lingüistas extranjeras, está un hombre de unos 35 años, quien al igual que la madre de Ortiz no entiende ni el creole ni el español. Lo único que habla es rama, pero entiende un poco cuando se dirigen a él en rama y creole. Son pocos allí los que pueden sostener un diálogo fluido con él.

En el sector de Punta Águila y del río Torsuani dicen que hay otros ramas que sólo hablan esa lengua, pero es gente que tiene muy poco contacto con Bluefields, adonde viajan en dories (pequeños cayucos) de velas y a trámites específicos.

El esfuerzo por revitalizar el rama empezó hace 17 años, más o menos, recuerda Ortiz.

En los años ochenta, durante la revolución sandinista, llegaron lingüistas a la Costa interesados en los idiomas autóctonos. Entre esos lingüistas estaba Colette, quien ahora está en este encuentro de la Uraccan.

Grinevald propone que la lengua rama adquiera un estatus de “lengua tesoro”, que no es la que se aprende en la escuela ni en la casa, pero es la que conserva el “conocimiento de la historia, las tradiciones, las plantas medicinales”.

Según Grinevald, el rama “tiene su propia gramática, que se parece más al japonés en su estructura que al francés o al castellano”. Esta lingüista ha recopilado unas 3,000 palabras de rama y se atribuye el haber inventado su escritura, porque ha sido “una lengua sin tradición escrita”.

La experta agrega algo más: “…los indígenas quieren recuperar su lengua, revitalizarla porque es importantísimo para su identidad, para ellos es vincularse con el territorio, para su autoestima… es una muy buena lengua, que deberían tener orgullo de saberla”.

Meses antes de escuchar a Grinevald, la reportera ha oído estas palabras en la boca de Óscar Omier, el director del colegio de Rama Cay: “La lengua es como un tesoro, sin eso un grupo indígena cualquiera no puede identificarse. Con la lengua nos identificamos más, completamos nuestras tradiciones. Es esencial para nosotros”.

Gente como Walter Ortiz tiene mucho orgullo de enseñarla a los niños de los primeros grados.

Y por momentos pareciera que hay una explosión por aprender rama en la región. Existen un par de programas para su enseñanza que funcionan con un tímido financiamiento.

El sábado, las oficinas del Gobierno Territorial Rama Creole (GTRC), que está sobre una avenida transitada de Bluefields, habitualmente se ven desiertas. La puerta de la entrada está cerrada. Sin embargo, en su interior, en una de las salas contiguas al patio, Silvano Hodgson enseña rama.

Hodgson, quien no habla rama con la fluidez de Ortiz pero lo entiende bastante bien, escribe palabras y frases en una pizarra acrílica. Un grupo de siete niños repiten con él. Sus voces agudas y sonoras parecen el coro de una iglesia. Los menores son hijos de ramas que viven en Bluefields, y algunos provienen de otras comunidades.

Además de las palabras en la pizarra, Hodgson se auxilia con grabaciones en las que se escucha la voz de miss Nora Rigby, la mujer que más se preocupó por la revitalización de esa lengua (ver nota adjunta).

La clase, que empieza hacia las diez de la mañana termina a mediodía. Hodgson dice que los niños llegan de manera voluntaria y que algunos son constantes, pero otros no.

Además de esta clase sabatina que en la actualidad no se sigue impartiendo, en la Uraccan existe un centro de investigación de la lengua rama, donde Arya Koshinen, y otras lingüistas colegas suyas –la misma Colette— han sistematizado la gramática y las palabras ramas que están colgadas en un diccionario en la web, en Internet.

Colette celebra como un signo de modernidad el salto del rama a la web, sin embargo, en Rama Cay, donde el servicio eléctrico es precario, y de las cuatro computadoras ninguna tiene conexión a Internet, no se encuentra ningún diccionario rama en papel.

Ni siquiera Ortiz carga uno. En el fólder que lleva debajo del brazo como un tesoro, sólo hay láminas con dibujos y sus respectivas palabras en esa lengua. En una de ellas se ve una colina. Ortiz, un rescatista a muerte de este idioma, dice que en rama loma se pronuncia “pulimulin”.

Tal vez sea por eso, porque suena como a un juego, como a una clave que quiere decir algo más, al fin y al cabo es la lengua de los tigres, que Ortiz quiere que todos vuelvan a hablarla.

(II entrega de la serie "ramas un pueblo fuerte", se publicó en La Prensa el 28-09-2009. Fotografía cortesía de German Miranda)

viernes, 30 de octubre de 2009

Carta desde Cuba



La Habana de noche es un inmenso manto negro con unos puntos luminosos dispersos. Sin luna. Así la vi desde el avión como un trozo del cielo infinito. Pero la capital cubana es sólo un pedazo de tierra dentro de otro más grande, con aspecto de lagarto anclado en el mar. Sus calles se ven todas amarillentas bordeadas de edificios ruinosos con altos balcones descascarados, debajo de ellos hay puertas despintadas y escaleras abruptas y destartaladas que conducen a laberínticas aldeas humanas en las que escasea el agua y la luz, en las que, en algunos casos, todavía se ignora la televisión a color.
Da la impresión que se camina por una exposición permanente de retratos sepias tomados dos siglos atrás, los que en cualquier momento pueden despintarse o venirse al suelo, como un castillo de naipes. Hasta una mala mirada puede ser letal para los edificios ruinosos de La Habana. No exagero. O bueno, tal vez sí.
En todo caso, el Buró del Poder Popular puede desmentirme, y a eso me expongo al apelar a mi memoria, pero recuerdo que cuando vine la primera vez, hace casi cuatro años, en vísperas de la navidad que dejó de pasar inadvertida en la isla desde que llegó el Papa, en la esquina de alguna, de las ocho páginas, del Gramma, el diario oficial, leí que la lluvia había derrumbado 125 casas como una baraja de cartas. No fue una tragedia irremediable, menos mal. Nadie murió. Los cubanos hicieron alardes de un sistema de prevención que ya quisiera Nicaragua. La gente fue sacada a tiempo y no se habló más del caso. Sólo quedaron los chistes negros. Hasta el fin de año la isla entera estuvo fría esa vez.
Ahora regreso de nuevo en los primeros días de noviembre. Es la última semana en que el dólar está a la par del “chavito”, el peso convertible que inventó “don Pomposo” –como le dice una amiga a Fidel Castro, quien por cierto salió con esta “genial idea” después de su caída- para sustituir a la moneda gringa que corre como agua por los restaurantes, paladares y hoteles de la Habana. En las “shopping” ya no correrán más los dólares. Por estos días, mujeres de pelo teñido, abuelos negros de pelo blanco y hombres en chancletas y pantalones cortos, hacen colas bajo el sol para deshacerse de los billetes verdes mandados por sus parientes desde Miami. El billete del imperio deja de circular, tras una década de humillar al peso cubano y, de crear una división social. Unos compran con “chavitos” en las tiendas con aire acondicionado y otros que sólo tienen pesos se conforman con ir a las “trapishopping”, a comprar trapos usados.
En una de las noches, de esos días agitados por el cambio de moneda, estoy en el malecón con Idania, una mujer cincuentona que en su cuadra es fundamental. Es presidenta del Comité de Defensa de la Revolución, CDR, la versión cubana del CDS (Comité de Defensa Sandinista) que hubo en los ochenta en Nicaragua. Idania, que es madre de dos hijas, sabe de muchas cosas. Pero esta noche hace gala de sus conocimientos de historia. Primero recorremos El Prado, a la avenida que voy a volver dos veces más por el día y en donde sin querer conoceré a una mujer matancera que viajó a visitar a su hijo que es parte de la selección de natación.
Idania, que improvisa como guía, me muestra el monumento a José Martí al que van los niños cuando se inician como pioneros. Al pie del prócer están las tumbas de los siete estudiantes de medicina fusilados antes de la independencia. Idania termina de contarme este episodio de la historia cubana frente a un pedazo de pared, donde, según ella, acribillaron a estos siete muchachos. Atrás ruge ese mar nocturno que salpica siempre el malecón.
Un hombre vestido de gris y boina azul cruza la calle. Hay otro con el mismo uniforme a la izquierda y más allá, a la derecha va otro con el mismo traje. Se ven tantos, pero tantos policías que uno cree, que están puestos en cada esquina. La Habana es dueña de una seguridad envidiable en cualquier país de Latinoamérica, dice Idania, quien nunca ha salido de la isla, aunque más tarde me cuenta que ya se ha escuchado de uno que otro arrebato de prendas de oro.
Entre esas paredes maltratadas por el tiempo y el salitre también circula un ejército de médicos. Son el orgullo cubano. Idania me dice que hay uno por cada 120 familias, cada tres ó cuatro cuadras.
Son casi las 10 de la noche y seguimos caminando por el malecón.
Hay poco tráfico en el sector. Se ven carros enormes de los 60, 50, 40 y hasta de los 20, verdaderas joyas de colección que han sido reinventados en su interior. Corren en perfectas condiciones. Invaden sin prisa las principales arterias de la ciudad. Alguien se ufana de la antigüedad y dice que Cuba tiene el mayor museo rodante del mundo. Puede ser. No sé nada de carros, sólo manejo bicicleta, así que no es un tema que esté en condiciones de discutir.

Flores nocturnas
Olas furiosas rompen sobre el cordón de cemento. Su baba salada llega hasta la acera. Me mojo los zapatos. La brisa es cálida como las luces amarillas que iluminan la avenida y pegajosa como las caricias atrevidas de las flores nocturnas que ruidosas se plantan frente al muro en busca de unos “chavitos”.
Idania, muy amable, concentra su mirada en los edificios por los que vamos pasando, y me habla del proyecto de restauración que se está realizando. Es una maravilla a la que se le invierte mucha plata, dice. Se están recuperando muchas casas del casco viejo y del centro de La Habana, también decrépito. A la par de magníficos inmuebles de apartamentos hay escombros esperando su turno de rehabilitación. Me muestro interesada en el tema, del que había escuchado hablar la primera vez que estuve en La Habana, pero ante lo vivo es imposible seguir escuchando lo muerto. Como máximo tendrá 20 años. Quizá menos. Es negra como la noche sin luminarias de La Habana, vista desde el cielo. Viste entera de blanco. Está en un jolgorio con tres muchachos, pero cuando ve venir a una pareja con pinta de “yumas” (extranjeros) abandona el muro de un salto. Ella se planta con las piernas abiertas y los tacones firmes sobre el andén. Su carne firme que parece tallada en madera, ataja el paso a uno de los tipos que bastante contento le pela los dientes. Ella se le resbala, y le habla en tono seductor, le hace guiños, se le pega como chicle lo más que puede. El tipo la evade y camina en reversa. En el regateo, sin quererlo dan una vuelta casi de salsa sobre el pavimento. Como si se tratara de una escena de teatro, el trío de amigos que la miran, desde el muro del malecón, se carcajea. Haciéndole tiempo, el amigo, que acompaña al potencial, cliente camina lento. Adelante le cortan el paso otras jineteras, como les dicen en Cuba a las prostitutas. Son tan bonitas que parecen sirenas escupidas por el mar.
En un último intento desesperado, la negra de blanco le agarra la portañuela del pantalón. Su gesto no surte efecto. Al contrario, acaba por ahuyentar al hombre, que sale despavorido. A ella no le queda más que voltearse hacia sus amigos y, con ellos se revuelca de la risa.
Después de ver la escena, Idania me comenta un poco enardecida y desconsolada, que la liberalización del dólar incentivó la proliferación de la prostitución. Unos amigos me cuentan que en el “mercado negro” se halla Babilonia o Putas en La Habana, un libro prohibido, sin pretensiones literarias, que explica el fenómeno creciente de la putería en la isla. No me obsesiono. No lo busco. En realidad, prefiero leer los cuentos de ficción que escribe Jorgito, un mecánico industrial que vive con su gentil esposa, Odalys, y su hijo, Joan, que estudia para bombero en San Antonio de los Baños, un pueblo al que no le hallo mayor gracia, excepto que ahí nació Silvio Rodríguez y que es sede de la escuela internacional de cine en la que dictan talleres los grandes del cine contemporáneo.
San Antonio queda de La Habana a 30 ó 40 minutos de viaje en carro. Pero entre el camello –una rastra transformada en bus que cuesta 20 centavos cubanos ni siquiera un centavo de dólar-, y la espera, que da para probar un batido de trigo parecido al pinolillo, y el carro, se van fácilmente dos horas.
San Antonio de día es un pueblo muerto, desierto. Sus casas, casi todas blancas, permanecen cerradas y silenciosas. Parece un pueblo fantasma. Hasta algunas aceras se escapa el inconfundible olor a mojito que dejan caer sobre la yuca cocida. De noche la ciudad queda muy oscura, pero con un poquito más de vida. El papá Estado que cobra el agua, el teléfono, la luz, la escuela, la salud y parte de la comida a precios irrisorios no alcanza a subsidiar las luminarias públicas de esta ciudad.


Juguetes nuevos
En la casa de Jorgito, el mecánico-escritor que por estos días trabaja como vigilante en la Casa de Escritores de San Antonio, la atención se concentra alrededor de la película gringa que se ve los sábados, en el televisor a colores que repuso al enorme Caribe blanco y negro (los mismos que Nicaragua importaba en los años ochenta), que estaba en una esquina de la sala, cuatro años atrás. Al nuevo aparato no hay que darle golpes como al anterior. La que ahora le da problemas a Jorgito es la computadora prehistórica que se consiguió que le da más problemas que la máquina de escribir, desde la que me escribió cartas alguna vez. Le encanta escribir, y a mi juicio es bueno, pero no tiene más que un cuento publicado en Nicaragua. Muchos jorgitos más, así amantes de la literatura, conoceré por estos días en Cuba.
La visita de médico (por lo rápido) que hago a San Antonio termina un día antes de lo esperado por una cuestión de transporte. Retorno a La Habana y al día siguiente salgo para Sancti Spiritus, una provincia al centro de la isla, a 325 kilómetros de la capital. Por 15.50 dólares obtengo un boleto a precio de turistas en buses para cubanos, sí porque también hay restaurantes, tiendas, librerías y hasta taxis a los que sólo suben o entran cubanos. Parece un apartheid, pero así funciona y su lógica en sencilla: que el turista deje hasta el último centavo de dólar en los hoteles y restaurantes y que el nacional pueda acceder a lo mismo –aunque varios dicen y se nota la mala la calidad de lo que queda para ellos- a un costo mucho más bajo, que en realidad, al hacer cálculos, fuera de la isla son precios irrisorios. La entrada al museo, por ejemplo, para un turista cuesta dos chavitos o más, (antes dos dólares y 52 pesos cubanos) mientras que para el nacional sólo dos pesos. Y como tengo la suerte de pasar como una cubana de Oriente, entro a muchos sitios y pagar, con apoyo de alguien, como cubana. Si no hablo, claro.

Capitalismo salvaje
En el viaje de cinco horas y tres paradas por una carretera ancha hasta Sancti Spiritus, le cuento sin malicia a mi compañera de asiento lo que me costó el pasaje. A ella le parece caro y me aconseja, que al regreso, me arregle con el busero. En una de las estaciones hablo con el hombre. Como quien no quiere la cosa le pregunto cuando viajan de vuelta y como si ese fuera el santo y seña, él va al grano y me propone buscarlo en la terminal de buses el día que vuelvo. Al final, el pasaje me sale por cinco dólares. Después de una semana me convenzo de que los cubanos navegan, con la misma audacia, por las aguas mansas de la legalidad que timonea el Estado, que por las de la ilegalidad, adonde se nota a leguas, que los empuja la necesidad. Me enteró de la historia de una contadora de Matanzas, que roba papel de su oficina para vendérselo a los maniceros, para hacer cartuchos, y que ese dinero, le permite mejorar la dieta de su hijo, un deportista; también sé de un cerrajero con carro asignado por el Estado, que usa el vehículo para funciones extraoficiales como la entrega de encomiendas enviadas desde Miami; y la de un médico del hospital Militar que está en listo para irse en una brigada a Venezuela, donde podría desertar, pero que mientras tanto vende sesiones de acupuntura a “particulares” en sus horas libres y transa de vez en cuando medicamentos en el mercado negro. Aunque no se conocen entre sí, están de acuerdo en la misma justificación: “Se intenta sobrevivir, chica”.
Las horas en Sancti Spiritus vuelan tan veloces que no permite notar cambios trascendentales en la ciudad. Siento una soledad parecida a la de San Antonio de Los Baños. Las mismas tiendas un tanto monótonas, y muy poco ánimo en la calle peatonal las artesanías son las de siempre. Por las avenidas van y vienen bicicletas, como el carro oficial. Todo parece en su sitio menos Mercedes, una viuda, profesora de inglés jubilada que permutó la casa (en Cuba las casas no se venden) y que tenía 11 años cuando triunfó la revolución. Ahora vive en un apartamento más pequeño, en el que se siente más cómoda, con sus hijos y su papá, un anciano de 94 años que recibe una modesta pensión de España por su origen canario, que les permite una vida digna. El diálogo con Igor, el mayor de los hijos de Mercedes, vuelve a ser tan fluido como hace cuatro años. Hay cosas nuevas en su vida. Tiene una novia que se desbarata con los reggaetones y dejó los estudios casi por terminar de veterinaria, pero piensa retomarlos el año que viene (asumo que todos sabemos que la educación en Cuba es gratuita a cualquier nivel) Ahora trabaja como vigilante, pero su idea, más adelante es poner un negocio autorizado y defenderse por “cuenta propia”, como lo hacen muchos en La Habana, donde es más fácil la cosa. “Allá hay mucha gente que no quiere trabajar con el Estado”, comenta Osmara mientras me ofrece galletas en el trayecto que nos lleva de vuelta a la capital.

Acabo la diversión
Es mi última noche en La Habana. Voy por una calles polvosas y ajadas, en las que no reconozco a ningún chele, de esos que invaden por manadas el centro histórico y
que cuando sudan y los colorea el sol, buscan un bicitaxi de un dólar conducido por algún muchacho que sueña con ser taxero y ganar 20 dólares diarios, lo que cobra un médico al mes, tal vez el profesional mejor pagado por el sistema. Acompaño a Evangelio, una caja de sorpresas, y a Judith y Gretell, dos cubanas de mi generación tan hermanas como diferentes, hija de Idania. Judith, 26 años, es socióloga. Su tesis de grado se la publicó el centro de investigación de la cultura cubana, Juan Marinello, para el cual trabaja. Gretell, 28 años, tiene de académica lo que Bush de pacifista. Lee mucho. Le fascina Charles Bukowski, el escritor maldito gringo, a quien se parece en lo rebelde y lo bohemio. Si pudiera se bebería La Habana con todo y su brisa marina. Esta noche hace el intento. La corriente de aire fría no hace mella en su garganta que se calienta con los rones que le brindan, en señal de saludo, un trío de amigos que está reunido en una pequeña sala, cuya puerta da a la calle, hasta donde se coló la lastimera canción de José José, que cantaba uno de ellos. Como no vamos para ningún lado, el canto nos imanta y nos retiene. Unas vecinas, entre ellos la presidenta del CDR, se suma a los rones y a la música. De la nada se hace una fiesta. La gente bromea con confianza, como si se conocieran desde siempre. Se canta de todo: boleros, trova, salsa y una de mis favoritas, Lágrimas negras. Gretell juega imitando los coritos flamencos de El Cigala. Y todos coreamos: “Si tu me quieres dejar yo no quiero sufrir, contigo me voy mi santa aunque me cuesta morir o sufrir”. Evangelio, uno del grupo, se revela musicólogo. Además es historiador y abogado. De los tres amigos que inicialmente celebraban, dos resultan ser poetas. En los recesos musicales se lee algo de ellos. Una de las poesías, es medio existencial, y me parece muy hermosa. Habla de ser muerto en vida, o algo así. En la casa hay una mujer embarazada que no consigue el sueño por el ruido, entonces la pelota de gente, que está a dispuesta a gastarse lo que resta del viernes cantando y soltando versos, rueda hasta la acera.
Ahí las voces suben y bajan a los “chifff” de la presidenta del CDR, que se termina sumando y cantando algo en inglés. Se vacían dos botellas de ron sin etiqueta. Ernesto, el de la voz cantante, se niega a forzar su garganta hasta los tonos agudos de Silvio. Gretell que es entonada lo hace por él. Me siento entre artistas. Soy parte de la más auténtica peña cultural de La Habana. Nadie pasa por la calle que es tan oscura como las otras. Las ventanas iluminadas empiezan a apagarse. El cielo negro empieza a azularse. Es hora de irnos. Todavía en medio del alboroto pienso en el cartel que leí al entrar a La Habana: “Nuestro capital humano es lo más importante”. Después de lo vivido siete días y noches entre cubanos, estoy totalmente de acuerdo.

(La publiqué en la revista Magazine en noviembre del 2004, también en la revista Marcapasos de Venezuela)

miércoles, 28 de octubre de 2009

En la esquina de la rabia

Francamente no entiendo nada. Nada. Resoplo como los bueyes cuando me cuentan que corrieron a un empleado de una empresa poderosa por haberle respondido a un cliente. El cliente lo molió a palos primero, y el empleado, al que no es agua de Jamaica la que la corre por las venas, se le fue encima y le descargó su cólera reprimida. Conclusión: la empresa lo corrió por agredir al cliente. Nunca antes el empleado había cometido una falta. Miro para un lado y para el otro, a ver si encuentra alguna respuesta cuando me dicen que a un marino se le reventaron los testículos cuando cruzaba, como un equilibrista, el mecate que va de la proa al muelle en Bilwi. El mecate se dio vuelta y quién sabe cómo maniobró, la cosa es que el hombre se abrió de par en par y se “reventó todas sus partes”, me dijo un abogado desconsolado porque cuando fueron a reclamar atención médica para el marino, en el Inss (Seguridad Social) le dijeron que no podían atenderlo porque la “patronal”, el nombre con el que designan a la empresa, hace rato no pagaba, así que no había dinero para su cobertura médica, y como los hospitales y clínicas no son centros de beneficencia pues no ha habido atención especializada para él, es un marino, indígena y miskito, a quien puede importarle.
Definitivamente, me retiene la esquina de la rabia.

sábado, 24 de octubre de 2009

En el corazón Rama


Poco se sabe del pueblo más resistente del Caribe nicaragüense. Los Ramas han resistido al tiempo, a la injerencia de otras etnias, a la invasión de sus tierras, al deterior y casi a la extinción de su idioma. Aquí un pedazo de su historia

A la guitarra de Whitewell Omier le falta una cuerda. La caja de resonancia del instrumento está por desfondarse, pero Omier le saca los sonidos necesarios para interpretar una pieza que cantan a coro él, dos mujeres y otro hombre mayor que apenas abre la boca. El canto es suave.
Monótono. Las voces masculinas arrastran a las femeninas que parecen de niñas. Las cuatro voces dan vigor a una melodía que es casi labial. Las dos mujeres se mueven de un lado a otro con sus faldas largas. Sus movimientos son lentos, leves, sin gracia. El hombre que las acompaña lleva el mismo paso. Esa es la danza rama. La estrofa de la canción se canta en creole, el idioma que los niños aprenden a balbucear apenas pueden caminar en Rama Cay. El estribillo se canta en rama, el idioma originario de Omier y de su pueblo, pero que ahora sólo lo hablan unas 50 personas que sobreviven a lo largo del litoral del Caribe sur hasta el borde de San Juan de Nicaragua. “Nsulaing I pang” (Nuestra isla), se repite cuatro veces. Llega a calar.
Rama Cay, un cayo que está a 15 kilómetros de Bluefields, es la isla de Omier. Allí ha desquitado sus 66 años. Allí vivieron sus padres nómadas, que iban y venían a tierra firme, como él mismo lo ha hecho. Allí viven sus hijos y nietos. En los confines de esas escasas cuatro manzanas, que se distribuyen en forma de un ocho y que se recorren a pie en menos de 20 minutos, se ha llenado de surcos la cara de Omier.
Después de la canción Omier y su grupo -el grupo folclórico oficial de Rama Cay que el día de los pueblos indígenas se presentará en Bluefields- se sientan en las bancas de concreto, las únicas que hay en la isla y que están al lado del templo de la iglesia Morava, de lejos, la mejor construcción de la isla, ubicada en la parte más alta, en un promontorio que está rodeado de palmeras y árboles que dan una sombra generosa en esta cápsula de fuego que es la isla mientras el sol está arriba. Un viento que viene de enfrente, del mar que está cerca, refresca. Desde la banca, Omier divisa la isla del Venado, la barra de tierra que se interpone entre Rama Cay y el mar.
Es casi mediodía. El grupo poco a poco se desintegra. Las mujeres, una de ellas la esposa de Omier, se largan a los ranchos a continuar el oficio que dejaron a medio hacer para tomarse unas fotos mientras bailaban la canción que cantaron hace unos minutos. En el transcurso de la mañana, en otras partes de la isla, había mujeres sentadas en cuclillas en las gradas de esas casas que se alzan a más de un metro de altura. Quebraban almendras secas para extraer la semilla y molerla. Para los Rama el aceite de almendra tiene muchas funciones: es medicinal, sirve para curar el catarro, para sacar lombrices, para mantener el cabello largo de mujeres y hombres, pero también como bebida. Omier dice que con la carne se hace un pozol que se llama bunia. Pregunta si en Managua también se bebe. Le digo que no. El agrega que con limón y azúcar, es “un fresco sabroso”.
Nada más que en la isla ya no hay almendros. Así que los Rama navegan hasta tierra firme para recoger las semillas.
En la mañana, mientras Omier estaba en las bancas de la iglesia Morava, había hombres sin camisa tejiendo sus atarrayas y mujeres sentadas en los pisos de tablas rallando coco. En todo el Caribe, el aceite de coco es popular para cocinar, y en la dieta de los rama, que no es muy variada, también. En la RAAS (Región Autónoma del Atlántico Sur) tienen fama de ser los que mejor aprovechan el ostión. Lo consumen en seco o en sopa. Es un molusco que todavía encuentran en el agua salada.
El ostión es tan popular, que en los alrededores del muelle se ven conchas del molusco enterrados en tierra como si un decorador de exteriores los hubiera puesto para adornar esta isla que sirve de refugio al pueblo indígena más pequeño de los siete que viven en el Caribe nicaragüense. Otra muestra de ese consumo abundante, son las montones de conchas que hay a la orillas de algunos ranchos que parecen instalaciones puestas por algún artista contemporáneo. Pero en Rama Cay, la cáscara del ostión es evidencia pura de la sobrevivencia de un pueblo del que tantas veces –diversos cronistas que llegaron en el transcurso del siglo 20 y los que han ido en éste- se ha dicho que está en agonía.
Omier se ríe con la idea. A ratos se molesta también. El no habla rama, sólo sabe algunas palabras y quiere saber más. A pesar de ello sólo puede definirse como un rama. “Esta es mi raza”, dice con un español precario este hombre que no se quita la gorra en la sombra, y que a ratos se zafa las chinelas celestes. Al ser consultados, algunos ramas dicen que el resto de la gente no los entienden. Sobre todo los mestizos que ahora son mayoritarios en la RAAS.
Wilfredo Lang, ex procurador de los pueblos indígenas, dice que el pueblo rama es uno de los pocos pueblos indígenas que se ha mantenido a pesar de la invasión cultural que ha padecido y de la amenaza permanente de extinción del idioma. “A pesar de la cercanía con Bluefields”, donde son dominantes los mestizos con sus rancheras y los creoles (negros nativos) con su idioma, “ellos han mantenido su identidad y se sienten “orgullosos de decir que son rama”.
Delante de la iglesia Morava está un andén que comienza al otro lado de la isla, cerca del muelle. Cualquier embarcación que llega a Rama Cay, atraca en esa pequeña base de concreto en la que siempre hay un enjambre de niños descalzos, que siguen a los visitantes como abeja a la miel. En los costados del muelle están las casas enzancadas donde viven 2,082 personas. La fisonomía y la distribución de estas casas no es muy distinta a la de otras comunidades indígenas del Caribe. Algunas son de techo de palma. Muchas tienen zinc aún en las paredes. Al interior son una sola habitación. En unas cuantas hay divisiones entre lo que podría ser una sala y las habitaciones. Todas tienen ventanas. A la par de la casa principal suele haber un rancho más pequeño del que sale humo perenne: son las cocinas. En el caso de Rama Cay esta regla se rompe un poco por falta de espacio. En algunos ranchos como el del profesor Walter Ortiz viven 22 personas, cuatro familias. En la isla no hay espacio para construir más. Con menos de cuatro manzanas de extensión, a cada habitante le correspondería un área de 15 varas cuadradas. Pero si los reclamaran, no habría espacio para las dos escuelas, para el centro de salud, la casa de huéspedes, la iglesia y tampoco para el campo de juego donde todo el día se celebran partidos de béisbol y fútbol. Por ahora, la gente resuelve el problema de manera simple: de noche la casa es una sola habitación y de día es el sitio donde cocinan, comen y se guarecen del sol.
Existe un proyecto de construirles casas en tierra firme. Dicen los pobladores que lo está liderando un reverendo de apellido mestizo, pero son pocos los que comulgan con la idea de irse a echar raíces a otra parte. Es como si tuvieran la sensación de que son más fuertes estando juntos. Los líderes están claros que la necesidad de un nuevo asentamiento tarde o temprano sacará a una parte de los habitantes de Rama Cay. Y es probable que se vayan las familias más jóvenes.
El hacinamiento -o la convivencia en comunidad- no es un fenómeno nuevo para este pueblo. Algunos vestigios de asentamientos hallados en Punta Águila, una de las nueve comunidades donde aún sobreviven familias rama, refieren la existencia de ranchos ovalados enormes en los que dormían varias familias que de día se dedicaban a la caza y la agricultura. Entonces eran nómadas que habitaban en las riberas de los ríos.
Fue en el siglo 18 ó 19 que los Rama cambiaron de domicilio. La versión de cómo fueron a dar a ese mojón de tierra donde ahora viven la tiene el historiador costeño Johnny Hodgson, secretario político del FSLN. Según Hodgson fue un rey mosco que dominaba la región el que cedió la isla como agradecimiento a los servicios que prestó un indígena rama. El rey ordenó a sus guerreros miskitos que no los tocaran.
La historia dice que los rama fueron perseguidos por los pueblos que eran más fuertes en el Caribe, como los miskitos y los creoles. Los primeros, intentaron esclavizarlos alguna vez y venderlos a la capitanía británica de Jamaica, que les pagaba por recapturar a esclavos fugitivos que se habían venido a estas tierras. En ese afán repatriaron a decenas de hombres, pero también capturaron a creoles, a mayagnas, y lo intentaron con los ramas, quienes al verse acosados huyeron.
Con los creoles la historia es otra. Ese grupo étnico que llegó a tener poderío en todo el Sur en la etapa de la colonización inglesa, sobre todo en Bluefields, acabó imponiendo su idioma. Los pastores moravos que fueron a evangelizarlos les inculcaron el creole como una necesidad para sobrevivir. Del revuelto con creoles y miskitos vienen los apellidos que dominan el registro rama: Omier, McCrea, Thomas, Salomon, entre otros. .
Los que ahora quieren imponerse son los mestizos. Se estima que en el territorio que reclaman como propio conviven 50,000 personas del Pacífico que empezaron a llegar en los años ochenta.
Distintos pasajes de la historia demuestran algo que ningún rama niega: cuando se sienten perseguidos o acosados, se repliegan. Huyen. Lo que para algunos sería debilidad, ha sido su fortaleza. “Este es un pueblo pacífico”, dice Whitewell Omier. Lo mismo piensa su hijo Óscar Omier, 34 años, que es director de la escuela secundaria de Rama Cay. Y la palabra pacífico la repiten con frecuencia otros hombres y mujeres rama, y gente de otras etnias. En ningún momento se menciona la palabra cobardes. “Los rama son diferentes...son un grupo poco beligerante”, dice Hodgson, quien no obstante piensa que esa actitud les permitió sobrevivir en la época en que los miskitos tenían hegemonía en la región.
Lang reivindica el pacifismo de los rama. “Son gente que aparentemente no dicen y hacen mucho, pero en esa pasividad y en esa lentitud vas a encontrar firmeza”, dice el ex Procurador de pueblos indígenas.
Después de mediodía en algunas regiones del Caribe la gente hace siesta. En Rama Cay después de esa hora, los muchachos continúan en la faena que empezaron al despuntar los primeros rayos del sol: juegan béisbol. Pelotas de calcetín y trapos viejos, o bolas descacaradas flotan en el aire denso de la isla. La mayoría de los jugadores van descalzos, en short y camiseta. Algunos sin camisa. Muchos jugadores usan el pelo largo por debajo de los hombros. Es una costumbre entre los jóvenes ramas. En Bluefields se reconocerán luego por ese rasgo. Alrededor del cuadro, por el que cruzan con espanto uno que otro cerdo, hay mujeres y niños pendientes del partido. De vez en cuando el batazo es profundo y la pelota salta hasta el charco que rodea el muro de contención, que no contiene toda el agua de la laguna. Como si se tratara de un campeonato de béisbol, antes de que pasen dos horas cambia el cuadro de jugadores. En Rama Cay existe una liga interna de béisbol de hombres y otra de softbol de mujeres. Y cuando ellas juegan los muchachos de pelo largo hacen barra. Otros juegan en los alrededores del colegio, y otros en los patios.
Los gritos del campo no se oyen hasta donde está María Adelayda Sandoval, la auxiliar de enfermería que permanece en el centro de salud, una casa de losetas que se construyó en los ochenta, y que se localiza en el otro extremo de la iglesia Morava, detrás de un apiñamiento de casas. Sandoval, dice que el gran problema de la isla es la contaminación de las fuentes de agua que consumen. Existen 10 pozos y aunque la calidad del agua no es la mejor, el riesgo de contaminación aumenta por la falta de letrinas de la isla. Cuando llueve el agua se revuelve más todavía. Lo que Sandoval hace, es repartir cloro que le envía el Minsa (Ministerio de Salud) de Bluefields en dosis suficientes. Sandoval dice que es mínima la gente que hierve el agua, la mayoría la consume cruda. Por eso, es casi natural ver a niños -que representan al 37 por ciento de la población menor de 14 años- y adultos preñados de parásitos. El agua de la bahía de la laguna no ayuda mucho. Lleva más de 20 años contaminándose.
Cuando un embarazo se complica las mujeres tienen que irse a Bluefields. En Rama Cay no hay médicos desde el 2003. Y los primeros doctores llegaron en los ochenta. El curandero que sabía curar las mordeduras de culebra murió en 1981. Era el papá de Whitewell.
A las seis la alegría se muda a las casas. Es la hora de la luz. La planta se enciende tres horas de lunes a viernes, y los sábados cuatro. Comienzan a vibrar los equipos de sonidos que yacen mudos y solapados en el día como los cocodrilos entre las piedras.
Se prenden algunos televisores. Muchachos sudados abandonan el juego y se amontonan en las ventanas y en las gradas para ver un pedazo de pantalla, o para escuchar a todo volumen reggae de Lucky Dube, Eric Donaldson o para escuchar alguna bachata. Las telenovelas que transmite un canal nacional a las siete y a las ocho, arrebatan suspiros entre las muchachas.
Después de las nueve, la única luz posible es la de luna. Y el único sonido el del viento azotando las ramas de las palmeras, empujando el agua contra las piedras.
En febrero de este año, el gobierno hizo pública su intención de nominar a los ramas como patrimonio de la humanidad ante la UNESCO (Organización de Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura). “Es el grupo indígena más pequeño de Nicaragua. No hay ramas en ninguna otra parte del mundo”, dice Hodgson. A los ramas les gustó la idea porque creen que se les puede abrir una ventana para desarrollar el turismo en la isla, aunque en algunos sectores hay alerta por la intención del gobierno de impulsar megaproyectos.
“Si los ramas desaparecen no habrá rama en ninguna otra parte del mundo”, dice Hodgson, pero desde hace tiempo, los ramas -que están en proceso de revitalizar su idioma y de recuperar sus tierras- han aprendido como Whitewell a tocar la guitarra sin una cuerda.


(I de tres reportajes publicados en La Prensa en septiembre de 2009)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Bluefields mestizo

La tierra del Palo de Mayo es la tierra de vaqueros chontaleños que escuchan rancheras en lugar de reggae y comen nacatamales en lugar de rondón. Bluefields, el corazón negro del país es cada día más un territorio de mestizos.

Dos hombres con botas de hule debajo del pantalón y camisas abiertas anudadas en la barriga, salen por las puertas batientes de una cantina. Afuera, no hay caballos amarrados. Más que caminar se mecen y balbucean frases que ni se entienden ni se escuchan. Por encima de sus voces anestesiadas por el ron, se impone el berrinche del buki mayor, Marco Antonio Solís, el mexicano que siempre le canta a la cabanga. La canción, la cantina y la pareja de campesinos embebidos hasta los talones no tendría nada de particular si estuviera ubicada en cualquier caserío montañoso de Jinotega o en cualquier pueblo ganadero de Chontales, donde esta atmósfera es natural, pero la pareja, la canción de despecho que suena al fondo y la cantina, están a cuadra y media del parque central de Bluefields, la cabecera departamental de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) la capital de los creoles del país y del Palo de Mayo, la ciudad negra que en las últimas décadas ha visto como, por efectos del avance irrefrenable de la frontera agrícola, su paisaje ha cambiado tanto que ahora al lado de las comparsas se hacen desfiles hípicos y lo mismo se venden nacatamales o tortilla con cuajada que rondón y sopa de mariscos. Bluefields, dicen los bluefieleños, se ha “chontaleñizado”.
Esta llegada masiva de chontaleños a Bluefields, que realmente incluye a gente de todo el país, arrancó en la época del presidente José Santos Zelaya, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Según el historiador Johnny Hodgson, actual secretario político regional del FSLN, fue entonces cuando “vino una gran cantidad de mestizos” a la bahía bluefileña. La mayoría eran de Granada y León, detalla Hodgson quien mueve sus largos brazos como dos ramas de Coco bamboleadas por el viento. Detalla que tras lograr la reincorporación de la Mosquitia a Nicaragua, Zelaya, repartió el 10 por ciento del territorio de la costa Caribe como una manera de recompensar a sus seguidores que participaron en la expedición militar que había culminado con éxito.
Pero muchos de esos beneficiados, sólo volvieron la cara hacia ese suelo remoto del país, habitado por indígenas y afrodescendientes, cuando se habló de la posibilidad de construir un canal interoceánico.
Esa primera oleada de mestizos arribó de la mano de Rigoberto Cabezas y Juan Pablo Reyes que llegaron para desempeñar cargos de confianza. El uno fue inspector general de la Costa y el otro gobernador-intendente. A partir de ahí, la nomenclatura de apellidos en la que dominaban los Gordon, Dixon, Omier y Hodgson empezó a revolverse en una suerte de spanglish con los Reyes, Cabezas, Martínez, Lacayo


Bajando por la calle del parque, abajo de la cantina que dejaron los dos borrachos, se llega a la discoteca Cimas, un edificio de tres plantas. En el primer piso funcionan varias tiendas durante el día, y en los restantes --los dos de arriba-- queda el bar y la pista de baile que abre todas las noches. La música que programa el DJ en Cimas es quizás la mejor prueba del gusto multiétnico que impera en Bluefields: baladas románticas en español, bachatas de Ventura, merengues de Juan Luis Guerra, salsa en todos los tonos, hasta lo más caliente de la soca y el calipso, y las novedades del reggae y el reggaetón. Ana Martínez, bluefileña de 34 años, visita el Cimas de vez en cuando. Ana es parte de una generación de bluefileños con orígenes en el pacífico. Su mamá es de Juigalpa, Chontales y su papá de Estelí.
Los dos se conocieron en la capital de la RAAS el día que su papá bajó de uno de los barcos que capitaneaba y vio a su mamá que había llegado a esa ciudad costera en compañía de su hermano mayor, que administraba una reconocida funeraria.
Ana, de tez clara, cara redonda, pelo largo y ondulado, dice que se ha criado entre el pan de coco y la güirila, entre el patí y la rosquilla, entre la yuca y la tortilla.
Ana, que es madre de tres hijos, se casó y divorció con otro mestizo, pero dice que no tiene prejuicios en enamorarse de hombres de otros grupos étnicos. “He tenido novios criollos y tengo una hermana que es casada con un criollo”, dice Ana, quien a la hora de bailar tiene acentuado en sus caderas ese cadencioso estilo costeño. Ella, definitivamente, se identifica más con una soca que con una ranchera.
“No sólo a Cimas también voy a Four Brothers”, dice Ana refiriéndose al popular rancho de baile con piso de tambo y paredes de tablas que se localiza en el barrio Punta Fría, uno de los cuatro que congregan a la población creole de Bluefields.
Los otros tres son Beholden, Old Bank y Pointen. En ellos, la mayoría de los que circulan son pobladores afro que profesan la religión morava.
Se ve uno que otro mestizo, pero estos se concentran más en la zona central de Bluefields, o en barrios como el Pancasán y Santa Rosa, donde también convive un pequeño grupo de pobladores ramas.
Herminson Gordon, 62 años, ha vivido siempre en Beholden. Gordon, quien tiene brazos largos de su época de carpintero, dice que en el centro de Bluefields, todavía sobreviven algunas casas de madera que él ayudó a construir. Ahora, este hombre de pelo crespo y hondos ojos, procura no salir del barrio. Por las tardes, se le ve en la acera de la calle principal, al lado de una mesa en la que recae su sobrevivencia y la de su esposa. Los mayores compradores de Gordon son los alumnos de la escuela Dinamarca, el único colegio completamente bilingüe de Bluefields. Gordon, que trabaja junto a su esposa, no tiene comentarios que hacer sobre la presencia creciente de mestizos en la ciudad. Después de todo, él sale muy poco del barrio.
No existe un dato exacto de cuántos creoles viven en Bluefields, pero Johnny Hodgson, estima que el 85 por ciento de los creoles de la RAAS, que en total son cerca de 50,000, se concentran en la cabecera regional. Sin embargo, el número de mestizos es de lejos, mucho mayor: son unos 300,000 en toda la región. La mayoría están esparcidos en otros municipios y comunidades. Hay asentamientos importantes de mestizos en Punta Gorda, en el sector de Laguna de Perlas, en la Desembocadura del río Grande de Matagalpa, el municipio que está más al norte de la RAAS.
Después de la ola de Zelaya, a comienzos de siglo 20, se registraron importantes desplazamientos hacia la RAAS, en las décadas de los setenta, ochenta y noventa.
La de los sesenta ocurrió cuando los terratenientes del algodón en Occidente, León y Chinandega, presionaron al gobierno de Anastasio Somoza a que entregara tierra a los campesinos que ellos expulsaban con el monocultivo. Fue bajo esta lógica que se creó Nueva Guinea, el asentamiento que más tarde se convertiría en departamento, y que se implantó en pleno bosque, en suelos con vocación forestal no agrícola, recuerda Hodgson.
En los ochenta fue la revolución, la guerra, la reforma agraria los factores que agregaron a otros miles de campesinos del norte y del pacífico a la geografía costeña. Y por último, en los noventa, la desmovilización de armados que promovió el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro, sumó otros miles de machetes a las tierras que habían sido de los creoles, miskitos, ramas, garífonas y mayagnas, los cinco pueblos autóctonos de esa región.


En busca de fortuna, María Domitila Zúñiga se instaló en Bluefields hace 18 años. No la desplazó la guerra. Tampoco la búsqueda de un pedazo de tierra. Domitila, originaria de Masaya, llegó a esa ciudad con una canasta de melones, tomates y piñas.
Venía de Corn Island, la isla de aguas colores turquesas que está a tres horas en lancha de Bluefields. Fue a parar a la pequeña isla con sus paisanas. Pero se cansó de pagar tanto por el traslado de los productos perecederos que casi siempre llegaban a punto de malearse.
Domitila que había trabajado en los mercados Oriental y San Miguel de Managua, dice que se aventuró en la costa porque le habían dicho que se ganaba bien. Y no le mintieron. En los casi 20 años, dice que no se puede quejar. “Tengo una casa en el sector de la Laguna de Apoyo, y voy casi siempre una vez al mes”, dice mientras despacha cuatro melones por 120 córdobas a un señor creole que titubeó un par de veces antes de decidirse a llevar la costosa fruta.
Frente a Domitila nadie se queja, pero es lugar común que hay malestar entre algunos costeños por la presencia de tantas masayas al frente del negocio de frutas y verduras.
“Yo lo que digo es que todos somos nicaragüenses y todos tenemos derecho”, dice Silvio Lacayo, un mestizo nacido en el Bluff hace 65 años.

No sé sabe exactamente cuándo, pero desde hace algún tiempo, el cumpleaños de Bluefields se celebra con una comparsa de bailantes, que se viste con ropas multicolores, y que al ritmo del agitado Palo de Mayo, se mueve por las principales calles de la ciudad. Por las mismas avenidas también avanza un desfile hípico. Los que montan a caballos como en Juigalpa o en Acoyapa, van con sus sombreros, botas de caña alta de cuero y puntudas, espuelas con estrellas, monturas de cuero. Casi todos son mestizos. Es raro ver a un creole, pero se ven como también hay creoles en las cantinas donde se escuchan canciones de los Tigres del Norte o se baila al ritmo de Cumbia King.
“A mí me gustan los hípicos, pero no en Bluefields. Me gusta en los lugares donde el desfile se hace por tradición, no aquí”, dice Ana Martínez. Sin embargo, historiadores, sociólogos de la región creen que este es un efecto más de ese mestizaje inevitable que sobrevive en Bluefields, donde también se hacen apuestas de gallo y se celebran Purísimas, una tradición que años atrás tampoco se acostumbraba.

“Familia Lacayo-Ortiz”. La pequeña placa negra se lee sobre una puerta verde, al lado de un casino en el barrio Central de Bluefields. Es la casa de Silvio Lacayo, una de las pocas casas de madera y de dos plantas que todavía se ven en Bluefields, donde la mayoría de las viviendas se construyen de concreto, con ventanales ahumados y colores pasteles, a la hechura de las nuevas urbanizaciones de Managua. La explicación del uso del cemento como material principal en las construcciones es histórica y sencilla: empezó a usarse después del paso del huracán Juana, en octubre de 1988.
En la casa de Lacayo, quien se casó con una mujer de Juigalpa y procreó cuatro hijos, es un pequeño ejemplo de cómo viven muchas familias en Bluefields. Se desayunan huevos con tortillas o pan de coco, se almuerza pescado o sopa de mariscos y se come patí.
Lacayo, dice que al principio su esposa no conocía las comidas de la zona, pero que ahora es una experta en la gastronomía caribeña.
Y como en el resto de Bluefields, a la casa de Lacayo no dejan de llegar pobladores de otras partes del país. Hace menos de dos meses, que vive con ellos una sobrina de su esposa, que es originaria de La Libertad, Chontales. Solangie González, de 17 años, dice que se instaló en Bluefields por estudios. Lleva mes y medio estudiando comunicación social. “A mi mamá le daba horror que me fuera a Managua y a mí también. Entonces mi prima la convenció de que me viniera para acá”, dice la muchacha de ojos café claros. En Bluefields, Solangie se mueve como pez en el agua. “Me gusta como es la gente aquí”, dice Solangie mientras posa para una fotografía y besa la frente de Pastora Joseph, una mujer negra de casi 80 años que vive en Pointen, y que no sabe que Solangie es la última de un contingente de mestizos que cada día se afianza más en Bluefields.

(publicado en revista Magazine diario La Prensa 5-04-2009

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Fiera suelta

Peeeeeeeeeep. Es eterno. Amarillo. El semáforo está en amarillo-rojo. Cinco segundos. Todo el mundo puede romperse en ese tiempo.
Otra vez se tira la roja. Lo ha hecho muchas veces hoy. Son casi las seis, hora pico, va a oscurecer, Hay prisa. Aunque siempre va al mismo lugar. Es veloz. Rudo. El macho del pavimento. El rey de esta jauría a medio asfaltar. Que los carros se abran para dejarlo pasar. Que las motos dejen de zigzaguear que esto no es una carrera de obstáculos quién les ha dicho, aquí los carriles son nada más para uno o para sus similares. Que las bicicletas, ¡por favor!, no se les ocurra salir de las cunetas, mejor que suban a los andenes y allí que tropiecen como carros chocones a los que caminan en dos patas. Y a esos carretones de caballos, ¿quién les ha dicho que pueden andar con semejante paciencia delante de ellos? Esto es una ciudad (¿así?) Que se aparten también y que se ubiquen. En esta calle repleta de cráteres, por la que no circula ningún alto funcionario de la Alcaldía porque si no ya estaría rellena como el cutis de la primera dama, sólo hay espacio para este bus amarillo que alguna escuela gringa descartó, pero al que dejaron de contarle los años en las calles de esta ciudad desorientada como un charco de orines. Los que van sentados en ese vientre de lata se sobresaltan. Alguno, a nombre del colectivo aterrorizado, gritará: “animaaal, queremos llegar”, pero ese grito lo ahogará el peeeeeeeeeeeeeepp que nunca acaba. Es mejor aferrarse al tubo como la lora de la vecina que se cruzar por el alambre del tendedero. Al final del pitazo puede haber lo que nadie quiere, pero ocurre a toda hora: otro accidente, cuerpos torcidos como los de un contorsionista, sangre, vísceras regadas, huesos pelados, ojos blancos, alaridos. Dolor y cámaras que se pueden evitar. La verdad es que voy a pie y el peeeeeeep me aturde, me enerva, creo que si encuentro algún conocido seguro que lo pateo en lugar de pelarle el diente. Solo me acuerdo de la vez que iba en un Robur, en una mini-ruta hace buen rato porque ya ni circulan, y un pitazo con su frenazo incluido, me dejó sobre una barriga de ocho meses. La futura mamá no tuvo fuerzas ni para putearme. Un coro unánime le gritamos de todo al conductor. Oyó varios pronósticos sobre su muerte y la de sus parientes, pero le valió. No pasó nada. No pasa nada al final de ese peeeeeeeeep. Ni al final de este otro ahora. Por 2 córdobas con 50 centavos los rumiantes, el ganado mal comido, que es como nos tratan los buseros, dejamos que la fiera vuelva a rugir y salte en la próxima amarilla.

P.D: Este no es el país de la alegría estadística así que tengo licencia para mi rabia, creo

sábado, 22 de agosto de 2009

revolución doméstica

Al fin. El invento doméstico más revolucionario del siglo 20 entró a
mi casa. Ese que le dio tiempo a las amas de casas gringas para que
se pintaran las uñas mientras seguían por la radio, cual si fuera un
radio drama, los episodios más crueles de la segunda guerra mundial.
El mismo aparato entró hace poco al lugar donde vivo en Managua.
Llevaba días, semanas, meses tal vez, diciéndole a ella, a mi mama
(así sin acento), la mujer que los fines de semana se pega a lavar -
como si fuera un hobby, y restriega la ropa sucia del hijo (porque no
es de hombres lavar) y la hija menor y la de ella, y la del resto si
nadie se lo impide- que con el financiamiento de todos, compráramos una
lavadora para ahorrarse la molida de la espalda. Con sueldos de maestros, y
cuatro hijos, nunca antes hubo en la casa dinero para aspirar a ese
electrodoméstico. Ahora que los hijos trabajan se echó la vaca y se
invirtió pues en el cajón blanco y metálico, sin gracia, que en una
hora promete depurar los trapos. Lo veo, y pienso que tal vez por su
forma tan elemental y simple su llegada a mi casa no causó el revuelo
que provocó en el hijo de la maestra rural de Tonalá, la llegada de
uno de los primeros televisores a ese caserío que ahora es municipio.
Hasta los siete años tal vez, el chavalo nunca había visto una caja
con una pantalla dentro de la cual hubiera gente -que nadie conocía en
el pueblo- hablando, cantando. ¿Cómo hacían para estar todos ahí
encerrados? El y otros chavalos no se aguantaron. Se levantaron y se
asomaron a ver dónde estaba la gente que se miraba en blanco y
negro. Con disimulo travesearon el cajón por detrás, en el
que no había más que un laberinto de tubos y botones. Les sorprendió comprobar que
no había gente encerrada. Con los días, o con los años cuando se
enviciaron con el aparato y se volvió común en las casas, entendieron que ese era el milagro de la televisión: frente a esa caja idiota, como le dicen algunos, sólo
había que sentarse y mirar. Más nada.
Ahora, dada su apariencia, no importa mucho descubrir cómo es que este
cajón blanco en una hora va a enjabonar, moler, restregar, enjuagar y
secar la ropa que mi mama se lleva el día entero en lavar y el sol en secar.
Basta con dejar caer el motete de ropa, echar detergente y apretar el
botón. Como la he visto poco convencida de usarla, y hasta ha
advertido que la usará en ocasiones, para ciertas ropas nada más,
porque desconfía de la calidad del lavado de la máquina, de todas formas, me atrevo a preguntarle qué piensa hacer ahora que le va a sobrar
tiempo. Como si la pregunta le estorbara, me responde a secas que hará
otros oficios. Que en la casa siempre hay cosas qué hacer. Y es verdad. Ya veo que
para ella -no sé si es porque llegó a destiempo- aquí no habrá ninguna
revolución.

(Publicada originalmente en Contravía)

viernes, 21 de agosto de 2009

marinero indiferente

Ubiquémonos, este no es un país del primer mundo. Aquí no tenemos nada resuelto. Vivimos al borde del precipicio, con el hambre al cuello, entonces ¿por qué nos hacemos los desentendidos? ¿Por qué tanta ciegos? Nos gusta navegar en la mierda. Y no es una metáfora que se me acaba de ocurrir para caer en gracia. La expresión es literal. O no se ha vuelto un atractivo para los managuas zarpar del muelle Salvador Allende y surcar las aguas putrefactas del Xolotlán. Sí, el mismo lago al que le hemos dado el culo desde los años cincuenta porque un dictador así lo quiso. Nos gustó tanto la idea, que lo mismo hicimos luego con el lago Cocibolca, con Tiscapa y con cuanto río se nos atraviesa en el camino a lo largo de este país. Dicen que una hora, más o menos, se hace el paseo por esa charco color chocolate, en el que no se ven peces, y donde yace un lecho de excrementos revueltos con más de dos metros de plástico. Y los que navegan se bajan encantados. Algunos hasta se emborrachan en las cantinas del malecón. Los que han ido me dicen que no hiede. No sé si es fruto del alcohol, o es otro sentido que perdemos en este mar . No olemos nuestra propia descomposición, en cambio, la celebramos.

Hacen falta locos

Aquí hace falta locura. Alguien que pierda la cordura. Alguien que cargue en la espalda dinamita de rabia. Que grite. Salte. Vuele. Uno no, varios, o muchos, no sé. Gente que se arriesgue y se aviente. Poetas. Un ejército de desatinados. Gente que se impaciente por todo lo que está mal, que es casi toda la cotidianidad. Que diga esta boca es mía cada vez que en el hospital le salen con la misma aspirina para atacar cualquier enfermedad, desde una gastritis hasta un ataque de epilepsia. Hace falta alguien que le reclame todos los días, a cada momento, al chofer del bus que lo arrea como ganado y lo lleva como si transportara bestias, y no personas, y no ancianos y mujeres preñadas. Gente que se indigne cuando le dejan la pinza metida a una mujer en el hospital y muera por ello. Pero que no sólo se indigne, sino que proteste, que pida justicia, que exija un sistema de salud saludable, higiénico, responsable un sistema donde un pobre que busca la vida no halle la muerte por negligencia, por un error absurdo. Que la protesta contra el gobierno no sólo puede ser frontal, directa, en las calles. Aceptemos que de esa tipo de protesta está cansado la mayoría. Y los pocos que se atreven, cada vez lo hacen menos, por miedo. Nadie quiere ser vejado frente a una cámara de televisión. Pero en cambio, sí nos dejamos humillar todos los días y a cada hora en la escuela, en el trabajo, en el supermercado, en el restaurante, en cualquier lugar donde, para mantener el orden, para perder ese color de pleitistos, de brutos y de bárbaros, y parecer civilizados nos dejamos imponer todo, cualquier cosa hasta anularnos. Hasta ser sombras nada más. Eso sí, sombras obediente que hace la tarea, o que simula que la hace, porque en realidad caminamos fingiendo que somos lo que no somos.
Pero también estamos los resentidos. Los que nos quedamos enredados en una especie de maoísmo virtual. Inertes, criticando, viendo la desgracia ajena, y sobreviviendo a la propia, y tampoco estallamos. Tampoco proponemos. ¿En qué momentos nos dejó de correr sangre por las venas? O lo mejor es que no hemos tenido racionalidad, sólo somos y hemos sido animales domésticos, por eso no hay cordura que perder ni locura que anhelar.

martes, 18 de agosto de 2009

Cosas de muñecas

Tengo una prima que va a ser mamá. Ese no es el drama en un país donde el deporte rey es copular y el trofeo traer hijos al mundo a chorros. Lo malo es que mi prima tiene 16 años, no terminó el bachillerato, el novio la llama al celular un día sí, otro no, y ella piensa como si tuviera ocho años. Como si todavía estuviera jugando con trastos y muñecas en el patio de Acoyapa ha vivido siempre. El otro día, cuando le dije que abusaba de la gaseosa y que el chigüín le saldría anémico, me contestó: “así lo vas a querer”, y se rió. Hoy fue al hospital Alemán a pasar consulta. Esperó cuatro horas para que la atendieran. En ese rato escuchó a una mujer putearse con el portero porque no la dejó pasar a llevarle ropa a su hermana recién parida. Vio a otras con el cuerpo inflamado de dolor. Cuando le llegó el turno, el médico que la atendió, le pasó el ultrasonido y medio vio algo de lo que tiene en esa panza que le da aspecto de iguana. Dice que no se miraba bien, pero que el corazón le latía a mil. Al final, el médico le dijo que por la forma de la barriga todo parece indicar que será un niño. La noticia no le gustó para nada. “Yo quería niña para hacerle colas”, me dijo, y de nuevo soltó su risotada de muñeca cruel, mecánica, que se burla de sí misma.

lunes, 10 de agosto de 2009

Bluefields, frontera gringa

El cuarto huele a frijoles para inmigrantes. Cinco mujeres esperan sentadas a que los frijoles se frían para servir los platos de 79 inmigrantes que la policía atrapó en la víspera, en los hoteles de 10 dólares de Bluefields. Si no hubieran preguntado dónde era que se agarraba el tren, tal vez no estarían allí sentados en cuclillas en los pasillos encharcados del colegio Moravo, esperando otro plato de comida y los cachetes de las “tías”, como les dicen a las mujeres que les dan de comer a las que les plantan un beso como agradecimiento.
En menos de una semana, es el segundo grupo de africanos que la policía captura en esta ciudad del Caribe sur. El martes, cayeron 14 más, dice Ariel, un rastafari que practica yoga y que ha servido como traductor de estos inmigrantes, a los que no la gente de migración no les pasa ni un teléfono, pero sí les cobra 40 dólares para costear la detención.
Ellos, que huyen de las guerras de Etiopía y Somalia, no saben que Bluefields ni siquiera tiene una carretera que la conecte con Managua. Tampoco saben que los últimos pedazos de rieles los malvendió Violeta Barrio cuando fue presidenta a comienzos de los noventa. A lo mejor, tampoco sepan que están en Nicaragua, ni dónde diablos queda este país. Bluefields, es una parada en el camino guerreado para coronar el sueño gringo. Pero por capricho de la mafia, se llega a convertir en la última estación del viaje.
Ironía, Bluefields, la ciudad donde malvive la colonia negra más grande del país, 23,000 creoles, está haciendo las veces de la frontera gringa, a espalda de Obama. Raro que eso pase en un país, con un presidente que vocifera contra “el imperio” en tres de cada cuatro palabras que pronuncia; en un país que ha eliminado las visas para “todo el mundo”. Ahora entiendo que todo el mundo, menos los africanos, peruanos, ecuatorianos, menos todos los pobres que desembarcan en las aguas color mierda de la bahía de Bluefields.
Mister Loyd Forbes, un hombre con piel color de ciruela y cabeza blanca, carga un mapamundi en bolsas plásticas para enseñarles dónde están y para enterar a las mujeres, que les están dando de comer, de dónde es que ellos vienen.
A la cabeza de las mujeres que cocinan, está La Popó. La primera vez que supe de ella, fue cuando se inauguró la serie de béisbol del Atlántico. El día de la inauguración del campeonato, la dejaron hablar, y en inglés creole, con su voz de trueno, puteó a todas las autoridades, que la miraban con ganas de matarla. La Popó, que no dejó títere con cabeza aquella noche, había limpiado y arreglado el estadio cuando ninguna autoridad quiso gastar ni un peso. A través de la radio había convocado gente semanas antes, y había pintado y arreglado el parque de béisbol, en el que vio perder a su equipo. Todos los días, cuando los últimos borrachos habían dejado sus vómitos en las graderías, ella y su gente lavaban y barrían hasta el último chicle que las fanáticas pegan en el concreto.
El sábado que se supo de la caída de los africanos, alguien del gobierno la llamó y le dijo que allí estaba esa gente con hambre. La Popó estaba lista para ir a la marcha por el día internacional de los indígenas, que en Bluefields se iba a celebrar un día antes de la fecha. Su facha para la efeméride era la siguiente: turbante blanco, envolviendo su pelo pintado en rojo vino. Algunas mechas largas y tercas se le salían por los lados. Candongas blancas que contrastan con su cara ancha y cuadrada. Encima de su silueta gruesa, una bata de colores con figuras en lentejuelas. Era lo más cercano a un vestido folclórico de África, el continente de donde heredó el color de piel. Del mismo estilo estaban vestidas sus cuatro amigas, con quienes dejó la marcha por la cocina. Se quedaron con los crespos alisados para la marcha que acabó en el auditorio de la Bicu.
“¿Yo quiero preguntarle al gobierno por qué no hace nada por esta gente, y sí deja entrar a los hondureños por la frontera con Ocotal, por qué no dejan pasar a esta gente que viene desde lejos? Acaso no son personas que necesitan de ayuda, o no los quieren ayudar porque son negros?”, grita la Popó al foco de una cámara casi de juguete de una periodista local que trabaja para un canal nacional. La misma periodista husmeó antes los portones del Moravo, pero la luz del foco espantó a los inmigrantes que estaban por ahí. Huyeron como ratones sorprendidos en una cocina en la madrugada.
“Son bien jovencitos, de 17,18, 19 años”, dice una de las amigas de la Popó que también alcanzó a entender que una de las muchachas le decía que hace cinco días no dormía. Las cinco mujeres sólo saldrán del cuarto que huele a frijoles, que casualmente es la cocina de un estudio de grabación para músicos jóvenes costeños, hasta que hayan servido los 79 platos. Así celebró la Popó, la mascota del equipo de Bluefields, el día de los indígenas.
Beto y la Ileana, dos colegas que se patean las calles de Bluefields, rememoran episodios trágicos de inmigrantes ecuatorianos y peruanos, ahora que estamos sentados en una de las bancas que están frente al Moravo, este sábado por la noche. Beto dice que sólo a dos cuadras de donde estamos, detrás del edificio de los bomberos, apareció el cadáver de un ecuatoriano. La policía dijo que se ahogó y que las corrientes lo arrastraron hasta allí. Pero medicina legal le halló un tiro de gracia en la frente y sus compañeros sobrevivientes, dijeron que a él se lo llevaron aparte. A veces, los coyotes pangueros que los traen les dan vueltas a las panga y luego les pasan encima hasta que los ahogan. Eso sucede en altamar, en noches sin lunas. El tramo San Andrés, Corn Island Bluefields se vuelve un triángulo de las Bermudas para los inmigrantes. Los nicas hacemos a otros lo que tanta rabia nos da que otros nos hagan. El pensamiento inútil se ahoga con los ecos de los reggaetones que vienen del Cimas. Hay que ir al Four Brother más noche, nos decimos mientras renegamos de una ranchera que nos viene desde otra esquina, porque Bluefields es una realidad mestiza.
Al día siguiente, ya para zarpar contra mí voluntad en la panga de Wendelín, un empresario monopolista que presta el peor servicio de transporte, me avisan que hay que hacer una fila antes de abordar la única lancha con techo. Puedo llevar drogas (porque a eso suponen que vamos muchos a Bluefields) o puedo ser inmigrante, quién sabe. Paso mi mochila, el militar me mira y me pide la identificación. Al segundo le doy la cédula y bromeo con los trapos sucios que llevo adentro. “Usted es igualita a una ecuatoriana que se capturó ayer”, dice.