lunes, 1 de marzo de 2010

La tragedia de Walpasiksa



“Si te vaaaas, te olvido, si te vaaaaas te olvido”, sentencia el coro de un vallenato que suena al lado del predio donde hace poco se jugó un partido de béisbol, y donde ahora sólo quedan mujeres y niños descalzos tirándose pelotas. La canción sale de un equipo de sonido casero que comparte mesa con unas ollas de comida frita, y que es administrado por una mujer recia.

El intérprete del tema, es Diómedes Díaz, el “Cacique”, un cantante popular de ese género musical colombiano que es poco conocido en este país. Y quienes bailan, trenzados frente a la mesa, son dos parejas de miskitos: tres mujeres y un hombre, ebrios, que mecen sus caderas con torpeza. Se menean al ritmo de la caja y el acordeón mientras sostienen en las manos latas de cerveza fría compradas a 40 córdobas cada una.

Minutos después, el baile colombiano es trocado por los tambores nerviosos del Palo de Mayo que se oyen por cuenta de Dimensión Costeña, en la versión que grabaron en los años ochenta. Las parejas se sueltan, se agachan con lentitud, pegan brincos hacia atrás toscamente. Sueltan risotadas. Unos conos rojos, parecidos a los que usan los patinadores, son el límite entre el área donde pueden bailar las parejas y el terreno del comando militar. Éste es el residuo de la fiesta que empezó el Día de los Enamorados, cuando arrancó el torneo de béisbol campesino que involucra a nueve comunidades del litoral sur del municipio de Prinzapolka, en la Región Autónoma del Atlántico Norte, RAAN.

Está previsto que el campeonato finalice el domingo, pero por razones logísticas, por falta de buena comida para los jugadores, el evento deportivo se suspenderá al otro día, el viernes. Los jugadores se irán bravos de Walpasiksa, la comunidad situada a unos 50 kilómetros al sur de Bilwi, a la que se llega por mar.

A unos metros de donde se baila con ánimo los ritmos costeños, una quinceañera paga una gaseosa de 20 córdobas con un billete de 20 dólares. “Aquí sólo con billetes así pagan”, comenta un militar que ha estado en la zona desde los días aciagos en que Walpasiksa, esta comunidad remota del Caribe poblada por 2,200 personas, fue noticia nacional.

El ocho de diciembre de 2009, un día después que el país celebrara la Gritería, dos lanchas en las que iban fuerzas combinadas del Ejército y la Policía, fueron atacadas al atravesar la barra del río Walpa, en la cara de la comunidad. De la hilera de ranchos que se divisa desde el mar, salieron los disparos que cobraron la vida de dos militares y un civil. En la trifulca murieron el teniente de corbeta, Joel Baltodano, el sargento tercero Roberto Somarriba y el comunitario Leonel Paiwas.

El gatillo contra los militares, que hirió a varios uniformados más, lo jalaron narcos que estaban en la comunidad, pero también lo habrían apretado comunitarios que, supuestamente, apoyaban a los narcos y que huyeron después del enfrentamiento. La balacera que se formó, vació el caserío. Mujeres, niños y ancianos se fueron asustados por los recodos del río. Los ranchos se vaciaron, quedaron abandonados a su suerte.

Walpasiksa, que en español significa Piedra Negra, se volvió una comunidad fantasma. También circuló la versión de que muchos huyeron a esconder el dinero y droga que recuperaron de la avioneta que cayó entre los matorrales, en el cementerio de la comunidad, y que había motivado el viaje del Ejército y la Policía. Pero esta versión la niega toda la comunidad. Lo que dijeron, los pocos que hablaron del tema, es que los narcos habían llegado horas antes que los uniformados, y que armados hasta los dientes, exigieron el dinero y la droga que supuestamente traía la avioneta.

Por los sucesos, fueron detenidas 17 personas de la comunidad, entre ellos varios líderes. Algunos todavía están prófugos de la justicia. Pobladores consultados por LA PRENSA, a fines de diciembre, criticaron la presencia del Ejército en la comunidad. También en Bilwi, decenas de miskitos se manifestaron en las calles exigiendo la salida militar de Walpasiksa. Los líderes del partido indígena Yatama, denunciaron represión militar y exigieron la intervención inmediata del Gobierno, y éste contestó que daría más atención a esta aldea remota, a la que sólo se llega por agua tras varias horas de viaje.

Así, a finales de diciembre, hubo un desfile de funcionarios de distintas instituciones por el caserío. Llegaron médicos, que dos meses más tarde no han vuelto a aparecer, para atender a la población nerviosa. Pasaron por ahí, líderes políticos que sólo llegan en tiempos de elecciones, y que han reaparecido las últimas semana a propósito de las elecciones regionales que serán el próximo domingo. Llegaron miembros de la comisión del Sistema Nacional de Atención y Prevención de Desastres, Sinapred, que iban por primera vez a la comunidad y que llevaron varios sacos de comida. Además de algunos organismos como el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) y Acción Médica Cristiana, que apoyaron mejoras en los pozos de agua de la comunidad.

Con el incidente de diciembre, se supo lo que se sospechaba: Que la comunidad había sido permeada por el narcotráfico desde hacía meses. Según las evidencias recogidas por el destacamento militar y policial, que se instaló en la comunidad a partir de los acontecimientos, permitieron concluir que la comunidad convivía con una célula de narcos, varios de ellos colombianos, que huyeron durante el enfrentamiento.

Los narcos habían construido y equipado varias de las casas nuevas, recién pintadas, que se hallaron después del ataque. Por esos ranchos, construidos estratégicamente al fondo del caserío, circulaba droga, alcohol, se organizaban bacanales y se prostituía a mujeres vírgenes, aparentemente muchas de ellas se alquilaban en caseríos vecinos. Las enfermedades venéreas de transmisión sexual proliferaron, explicaron médicos que iban a la zona, lo mismo que el consumo de droga y la violencia física al interior de las casas, dice el capitán Enrique Pérez, jefe del cuerpo policial asentado en Walpasiksa.

Pérez dice que en la comunidad es común el consumo de “rullboy”, un cóctel de droga que contiene varias tilas de marihuana y tres piedras de crack que se vende por 500 córdobas.

Los hechos de Walpasiksa también expusieron otra verdad cruda: que la presencia del Estado es mínima en las comunidades del Caribe nicaragüense, y eso las deja vulnerables a la actividad narco, como han apuntado varios expertos.

En la comunidad no se bebe agua potable. De los pozos, básicamente un hueco cavado en cualquier sitio de la comunidad, brota un agua amarillenta color orín, que la gente bebe sin hervir y sin clorar. Mucha de la gente acostumbra a defecar al aire libre y unos pocos en letrinas, que también son escasas. Como no hay médicos —no llega ni uno desde diciembre cuando hubo la emergencia— es imposible saber cuántos de los niños (que representan al 60 por ciento de la población) panzones que deambulan por los patios, descalzos y medio desnudos, viven con diarrea.

Lo cierto es que en Walpasiksa no se consigue agua potable ni en las pulperías, pero sí gaseosas y jugos enlatados, y por estos días, cervezas, gracias a los partidos de beis.

El servicio eléctrico es un lujo que sólo pueden dárselo unos cuantos, los que tienen plantas, pero la mayoría, apenas se oculta el sol pasan a verse en penumbras o escucharse nada más. El transporte colectivo de Walpa para Bilwi o para Alamikamba, la cabecera del municipio de Prinzapolka al que oficialmente pertenece la comunidad, depende del capricho de algunos pangueros locales que cobran 800 córdobas, por llevar y traer, a un pasajero. La mayoría prefiere viajar a Bilwi porque allá hay hospital y más comercio que en Alamikamba.

El abandono institucional también es evidente en la escuela primaria, el único edificio escolar del lugar. Las instalaciones construidas con fondos post Mitch, después del predio en el que se juega béisbol y en el que pastan un par de vacas flacas. En las aulas no hay pupitres. Tampoco alumnos, ni maestros. Ahí todavía no empieza el año escolar. Lidia Coleman, la alcaldesa de Prinzapolka, culpa a los uniformados. Dice que ellos ocuparon la madera de los asientos como leña.

Y Julián Paterson, uno de los jueces de la comunidad, dice que el año lectivo empezará hasta que liberen a los 19 detenidos (otros hablan de 17)

“Ya están listos siete maestros para comenzar clases”, dice Paterson durante la entrevista que concedió a mediados de febrero.

El aislamiento es palpable desde el idioma. La gente es amable, sonríe, y suele abrir las puertas de sus ranchos, pero generalmente no entiende español, sólo el miskito que es la lengua con la que nacen y mueren.

La alcaldesa, no quiere que se vea a las comunidades como cómplices del narcotráfico, “porque esto pasa en todo el país, no sólo en la costa” y el “Estado debería prestar atención verdadera a las comunidades”.

En cuanto al tema del narcoactividad en las comunidades, Coleman cree que el Estado se “ha hecho de la vista gorda”.

En muchos ranchos, los trasmallos de pesca se ven tirados en los patios, y sólo parecen útiles para los chanchos que llegan a rascarse y los gatos flacos que ronronean alrededor.

El jefe policial dice que durante un año, aproximadamente, la gente se acostumbró a ser mantenida por la actividad narco, y se desacostumbró de la pesca y la agricultura, que han sido sus fuentes históricas de alimento y de ingreso. La actividad pesquera se está reactivando últimamente, dice el capitán Carlos Cerna jefe de la Fuerza Naval acampada en la comunidad.

Al final de la hilera de casas de la comunidad, desde la que se divisa el mar, está un hombre tejiendo su red. Dice que quiere irse a pescar esta misma tarde, que él vive de eso. Frente a él, otra pareja de hombres emparejan unas tablas de cedro, y luego las clavan en el costado de un rancho nuevo.

En las últimas semanas, por lo menos 20 ranchos se están construyendo en el vecindario de Walpa.

La Policía y el Ejército son las únicas instituciones presentes ahora en la comunidad. La primera, se ocupa de los problemas internos, del orden; y el segundo, a través de su Fuerza Naval y tropa terrestre, se ocupa del resto: de la seguridad y patrullaje alrededor de las comunidades, por agua (mar y río) y tierra.

El jefe policial dice que para evitar más casos de violencia, se prohibió, con la venia de los líderes provisionales, la venta de licor. Sólo se hizo una excepción los días del torneo fallido de béisbol.

Quien llega a Walpasiksa por primera vez, ignorando lo ocurrido hace dos meses, no imaginaría que allí se desafió a la autoridad a punta de balas. Después de esa postal idílica de ranchos de colores que se alzan en zancos al lado de un mar verde, en medio de cocoteros enormes con ramas que parece las aspas de molinos de vientos, lo que más extrañará quizá sea la enorme cantidad de basura plástica que brota desde todos los costados del caserío. Debajo de los ranchos, alrededor, enfrente, cerca de los pozos, en los charcos, en el predio donde se juega béisbol. Pareciera que toda Walpasiksa ha sido cubierta con una alfombra plástica. Las autoridades militares dicen que han intentado organizar a la gente para limpiar, pero ha habido resistencia de los comunitarios hacia el aseo.

Y el problema de la basura se agrava en invierno, cuando la marea sube tanto que se mete a ciertas áreas de la aldea, y entonces se hace una nata de podredumbre sobre un río que es mitad lodo y mitad agua salobre.

Esto contrasta con la limpieza que reina al interior de los ranchos, donde la gente no sólo anda descalza como los japoneses, sino que se sienta y se acuesta en las tablas limpias, por las que no se ve ni se huele una sola gota de mugre.

Lidia Coleman, entrevistada vía telefónica días después del recorrido por Walpasiksa, dice que los detenidos ya fueron liberados y que eso ha dado tranquilidad a la comunidad. En los días, en que Domingo visitó el caserío, los estaban esperando como héroes. Hasta que ellos volvieran se iban a reactivar muchas cosas, entre ellas, las clases.

Coleman también dice que las cosas ahora están en calma. Y es cierto.

Las pulperías se abren temprano. Las mujeres se amontonan en los pozos con los bidones plásticos para llenarlos de agua y cargarlos hasta sus casas, otras van con la ropa sucia y se ponen a lavar en bateas al lado del pozo. En los corredores de los ranchos se sientan las mujeres más viejas a contemplar ese paisaje que se vuelve monótono con las horas y que se detiene como una fotografía.

La presencia de los militares, incomoda cada vez menos, reconoce Coleman. La gente no ha vuelto a solicitar que se retiren, aunque tampoco son de su total confianza. Al principio, varios líderes pidieron que se quedara la Policía, pero que se fuera el Ejército. Sin embargo, el Gobierno decidió dejar a los dos.

Enrique Pérez, el jefe de la Policía, dice que es lo mejor, que sin Ejército no tendría sentido que ellos estuvieran ahí, “porque ellos tienen los medios de los que nosotros carecemos”, dice. Por falta de “medios” fue que fracasó hace unos años la base de la Policía que había en Sandy Bay, la comarca de 10 comunidades que está al otro extremo, al norte de Bilwi, cerca de la frontera Cabo Gracias a Dios, y que es reconocida por actividades narco. El capitán Pérez dice que cuando algo sospechoso ocurría y la Policía quería salir, quienes ofrecían prestarle medios eran, justamente, personas sospechosas de apoyar al narcotráfico. “Por eso se acabó el puesto que teníamos allá”, dice el policía. Y Sandy Bay, un caserío de unas 3,000 personas que malviven de la pesca artesanal en la zona de los Cayos Miskitos, es un sitio visto con recelo por las autoridades castrenses.

En las últimas semanas, en Walpasiksa, perdió fuerza esa petición inicial de que se largue el Ejército. Las autoridades militares dicen que algunos pobladores temerosos, les han confiado que si ellos se van la comunidad no sólo volvería al ritmo loco de antes, de quienes llevaron los vallenatos, sino que también podría ser objeto de violencia, porque los narcos querrían vengarse de los comunitarios que se quedaron con el dinero de la avioneta.

La alcaldesa dice que lo ideal sería que la base estuviera en la barra de Alamikamba, que allí es necesaria la protección. Coleman dice que hace un par de semanas ocurrió un asesinato doble que aún no es esclarece. “Hay comunitarios temerosos”, dice la autoridad.

En Walpasiksa también se dice que entraría gente de otras comunidades a asaltarlos y despojarlos de las guacas de dólares que los comunitarios habrían enterrado en la arena y en las veredas adonde huyeron después del tiroteo. Muchas cosas se dicen en lengua miskita en esta comunidad. Walpasiksa parece un vallenato de Diómedes que si deja de sonar, se olvida.

(publicado en suplemento Domingo La Prensa 28-02-2010)

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